La mañana amaneció como una promesa que no exige nada más que ser cumplida. El Santuario se cubrió de niebla ligera y voces que no corrían, sino que se acercaban, una a una, como quien entra en casa. La Casa de la Voz seguía abierta, pero aquella vez la plaza no reclamaba juicios sino tiempo compartido: banquetes simples, juegos de niños, rezos que olían a pan recién horneado.
Kaeli salió al patio con una manta en los brazos; Flor de Luna la siguió con pasos pequeños y una sonrisa que ya no pre