La noche avanzaba con lentitud, como si el tiempo mismo se negara a cerrar los ojos. En el Santuario, las lámparas seguían encendidas, y los escribas trabajaban en silencio, copiando actas, sellando documentos, y preparando los primeros libros de memoria que serían enviados a las aldeas. Afuera, la plaza estaba tranquila, pero no vacía: grupos pequeños conversaban, compartían pan, y leían los nombres grabados en las losas nuevas.
Kaeli caminaba entre ellos con la capa recogida y los ojos atento