Capítulo 103

La noche avanzaba con lentitud, como si el tiempo mismo se negara a cerrar los ojos. En el Santuario, las lámparas seguían encendidas, y los escribas trabajaban en silencio, copiando actas, sellando documentos, y preparando los primeros libros de memoria que serían enviados a las aldeas. Afuera, la plaza estaba tranquila, pero no vacía: grupos pequeños conversaban, compartían pan, y leían los nombres grabados en las losas nuevas.

Kaeli caminaba entre ellos con la capa recogida y los ojos atento
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