—¿Cuántos nombres llevamos? —preguntó sin girarse.
Selin, que revisaba el registro, respondió con voz baja:
—Ochocientos cuarenta y tres. Y contando. Algunos llegan por carta, otros por testimonio. Hay aldeas que están enviando listas completas.
Kaeli asintió. Daryan se acercó con una taza de café y se la ofreció sin palabras. Ella la tomó y bebió despacio.
—Hoy fundamos la Casa de la Voz —dijo—. No como símbolo. Como estructura. Si la memoria va a sostenerse, necesita ladrillos y puertas.
Dary