La flota de naves nacaradas surcó el Mar de Plata como un cortejo de alas líquidas, y cada remo alzó un arco de espuma junto al canto de la manada. Kaeli, erguida en la proa de la barca principal, sostuvo a Flor de Luna en brazos y sintió el oleaje reflejar en sus ojos las promesas de mundos aún por descubrir. En la cubierta, Daryan vigilaba el horizonte, sus sentidos lupinos abiertos a cualquier murmullo de amenaza o de maravilla. El sol naciente comenzó a teñir el agua de oro, y la brisa mati