La noche había caído sobre Nareth con una suavidad inesperada.
Las calles estaban en calma, el cielo despejado, y la luna creciente se alzaba como una testigo silenciosa. En la casa de piedra, Kaeli y Daryan habían apagado todas las lámparas. No por necesidad. Por intimidad.
El fuego del hogar crepitaba con lentitud.
Kaeli caminaba descalza por el salón, envuelta en una túnica ligera, con el cabello suelto y la marca en su cuello brillando con un tono cálido, casi dorado. Daryan la observaba de