62• Sombras… y luz.
Llevábamos ya un buen rato cabalgando, lo suficiente para que la tensión de mis hombros comenzara a aflojarse y mi cuerpo se adaptara al vaivén constante del lomo de Trueno. Cada paso del caballo era firme, casi hipnótico, como si él mismo supiera exactamente a qué ritmo necesitaba respirar. Sentí cómo mi espalda, antes rígida, cedía un poco, dejándome caer con mayor naturalidad contra el pecho de Dean.
A nuestro alrededor, el paisaje se abría en una mezcla perfecta de calma y belleza. El sonid