Mundo ficciónIniciar sesiónGabriela Moreno tiene tres reglas: No confiar en los hombres con dinero. No enamorarse de alguien que esconde cosas. Y definitivamente no quedarse sin aliento mirando los abdominales del conserje de su edificio a las dos de la madrugada con el baño inundado. Rompió las tres en una sola noche. Porque Matías no habla como un conserje. No se mueve como un conserje. Y cuando la mira, Dios, cuando la mira, no hay nada en ese hombre que se parezca a alguien que vive de arreglar tuberías rotas. Lo que Gabriela no sabe es que el hombre que le arregla las cañerías los sábados dirige un imperio los lunes. Que lleva cuatro meses viviendo en su edificio por una razón que ella no puede imaginar. Que hay una prueba de ADN guardada en una caja fuerte a dos pisos de ella, que va a cambiar todo lo que cree saber sobre su propia vida. Y que cuando la verdad explote, porque la verdad siempre explota, va a tener que decidir si el amor que construyeron en la oscuridad sobrevive a la luz. Tres mentiras. Dos fortunas ocultas. Un hombre que la hizo suya antes de decirle quién era. ADVERTENCIA: Esta novela contiene: Un millonario disfrazado de conserje con manos que arreglan más que tuberías. Una mujer que no necesitaba ser rescatada pero que dejó que la sostuvieran de todas formas. Tensión sexual que va a hacerte apretar el libro hasta que te duelan los dedos. Secretos que duelen más que cualquier golpe. Escenas que vas a tener que leer dos veces (La primera porque te perdiste la mitad. La segunda porque necesitabas asegurarte de que pasó, lo que creíste que pasó.)
Leer másLas 2:17 AM no era hora para nada que requiriera paciencia, y Gabriela Moreno llevaba cuatro horas sin tenerla.
El baño de su apartamento se había rendido sin previo aviso: agua tibia cubriendo los mosaicos del piso, empapando la alfombra de yute, avanzando con la determinación silenciosa de algo que ya ganó. Ella había puesto toallas. Luego más toallas. El agua no negociaba.
Sabía que no era el mejor lugar, pero era el que llamaba hogar. tres años en ese apartamento y en ese tiempo solo hubo un momento en que pensó que podría perderlo. Hace dos años corrió el rumor por el edificio de que algo pasaba con la hipoteca, llegaron cartas de la administración, don Gustavo del 2A organizó una reunión de copropietarios que terminó sin conclusiones claras, y durante tres semanas el edificio tuvo esa energía específica de los lugares donde la gente se saluda en el ascensor con los ojos un poco más abiertos de lo normal. Luego, sin que nadie pudiera explicar exactamente cómo, todo se resolvió. Llegó una circular de la administración diciendo que el proceso se había suspendido y que los contratos de arrendamiento seguían vigentes sin modificaciones. Gabriela encendió una vela por reflejo y no preguntó más. Hay resoluciones que uno acepta sin entenderlas porque el resultado es bueno y la energía para investigar es limitada.
Esta noche, sin embargo, el resultado no está siendo bueno. El baño sigue inundado. Había llamado al número de emergencias del edificio a las diez de la noche, , a las diez y veinte, a las once, a las doce, a la una. Cinco llamadas. Tres buzones de voz. Cuando se puso el abrigo encima del pijama de franela y metió los pies en las botas de goma, no iba con ninguna clase de buena disposición.
El pasillo del sótano tenía una sola bombilla funcionando de las tres instaladas, lo que creaba zonas de sombra que en otro momento habrían parecido inquietantes y que ahora simplemente le parecían una falla más de mantenimiento que agregar a la lista interminable de este edificio. Tocó la puerta metálica del cuarto de conserjes. Nada. Volvió a tocar, con más fuerza. El cartel plastificado informaba que el señor Hernández había tomado licencia médica indefinida y que el servicio sería atendido por personal de reemplazo. Sin nombre. Sin número alternativo. Sin ninguna información útil a las dos de la mañana.
—¿Personal de reemplazo? —murmuró entre dientes, y volvió a golpear la puerta, esta vez sin disculpas.
Cuando abrieron, el mundo tardó dos segundos en procesar lo que tenía enfrente.
Alto. Ese fue el primer dato que registró, porque era imposible no hacerlo: ese hombre llenaba el marco de la puerta como si hubiera sido construido para esa medida exacta. Cabello oscuro revuelto por el sueño. Sin camisa, con un pantalón de pijama azul marino de una tela que no era la tela de los pijamas de las personas que arreglan tuberías por oficio. Y en el torso descubierto, bajo la única bombilla del corredor, un conjunto de abdominales que Gabriela Moreno había visto antes exclusivamente en publicidades de perfume caro y en sueños que no le contaba a Miranda Ospina bajo ninguna circunstancia.
Esto es una emergencia de plomería, se dijo con toda la fuerza mental disponible. No un episodio de telenovela. ENFÓCATE.
Él la miraba con una expresión que no correspondía a alguien arrancado del sueño a las dos de la mañana. Era la mirada de alguien acostumbrado a evaluar en segundos, a leer personas como si fueran balances de cierre.
—Hay un problema en mi baño —dijo ella, y se odió internamente por lo perfectamente funcional que sonó.
Él apoyó el antebrazo en el marco de la puerta y no dijo nada de inmediato. Solo la miró con esa pausa que obliga a las personas a seguir hablando.
—¿Qué clase de problema?
—Una tubería. Debajo del lavamanos. Lleva cuatro horas perdiendo agua, el piso tiene tres centímetros acumulados, las toallas no son una solución estructural sino una medida temporal que apliqué mientras el número de emergencias no contestaba durante las últimas cuatro horas, y…
Se detuvo. Él seguía mirándola con la misma calma.
—En resumen: el baño se está inundando.
Algo en la comisura de su boca se movió apenas. No llegó a ser sonrisa, pero estuvo peligrosamente cerca.
—Dame un minuto.
******
Matías Soler, que en ese pasillo respondía únicamente al nombre de Matías y no ofrecía historia adicional, se puso una camiseta gris en treinta segundos y agarró la caja de herramientas con un orden que no era el de alguien que llevaba tres semanas en el oficio.
Tres semanas como conserje y la primera crisis real me llega a las dos de la mañana con ella, pensó mientras subía las escaleras detrás de Gabriela, que caminaba con las botas de goma produciendo un sonido levemente ridículo en el corredor silencioso y una irritación completamente justificada en cada paso. Había revisado su expediente tantas veces en cuatro meses que podría recitarlo en cualquier idioma: veintiocho años, trabajadora social, apartamento 3B desde hace cuatro años, sin familia directa viva. Los datos eran exactos. Lo que los datos no capturaban era la manera en que caminaba, directa y con propósito, ni la curva del cuello sobre el borde del abrigo de paño.
Ningún expediente preparaba a nadie para eso.
El apartamento 3B olía a vela apagada, café frío y algo cítrico que identificó de inmediato como un acondicionador de naranja, el mismo que había registrado brevemente la semana anterior cuando ella pasó junto a él en el lobby sin mirarlo. Libros apilados en el suelo con los lomos doblados, tenis debajo de la mesa del comedor, una novela abierta boca abajo sobre el sofá. El desorden de alguien que vive con intensidad y no pierde tiempo en el resto.
El baño estaba tal como ella describió. Tres centímetros de agua clara, toallas empapadas arrinconadas contra la pared, y debajo del lavamanos, la unión de la válvula de paso dañada, o tal vez vencida, dejando escapar agua a montones.
—¿Puedes alumbrarme con el celular?
Ella se arrodilló a su lado sin dudar y sostuvo el teléfono apuntando hacia la tubería. El espacio era reducido. No había manera de que dos personas cupieran debajo de ese lavamanos sin que eso tuviera algún peso.
Matías identificó el daño en menos de un minuto.
—Empaque cedido —dijo—. Tengo el repuesto.
—¿Llevas repuestos de empaques de lavamanos en la caja de herramientas a las dos de la mañana?
—Un conserje que no tiene repuestos no es un conserje, es un espectador.
Ella lo miró de reojo. Él ya estaba trabajando.
Lo observó con esa atención frontal que tenía, sin el disimulo social de fingir que miraba otro punto. Las manos de él se movían con una eficiencia que no encajaba del todo con el contexto, con la postura de alguien que ha aprendido a resolver problemas con los recursos disponibles porque eligió aprender a hacerlo, no porque no tuviera otra opción. Eso era lo que le llamaba la atención. Eso y otras cosas que prefería no enumerar.
—¿Cuánto tiempo llevas en el edificio? —preguntó, porque el silencio entre dos personas en un baño inundado a las dos de la mañana tiene un peso que hay que distribuir.
—Tres semanas.
—¿Y antes de esto?
—Otras cosas.
Ella esperó. Él no agregó nada.
—¿Cómo te llamas?
—Matías.
—¿Solo Matías?
Una pausa mínima.
—Matías… López.
—¿Siempre eres así de informativo, Matías López?
—¿Siempre llamas a mantenimiento a las dos de la mañana?
—Llamé a las diez. Y a las once. Y a la una.
Él detuvo el movimiento de la llave inglesa por medio segundo y giró la cabeza hacia ella, lo justo.
—Lo siento.
Dos palabras. Sin adorno. Y lo decía en serio, eso se notaba en la voz, y eso era más desconcertante que cualquier respuesta elaborada.
Trabajó cuarenta minutos sin apresurarse y sin hacer de eso un espectáculo. Cerró la válvula, reemplazó el empaque, ajustó todo con la precisión de manos que conocen la diferencia entre suficiente y demasiado. No explicaba mientras trabajaba como hacen los hombres que quieren que el esfuerzo se note. Simplemente lo hacía.
Cuando terminó, Gabriela le ofreció café y él dijo que sí con la naturalidad de quien acepta algo sin calcular lo que eso implica.
En la cocina, mientras ella preparaba las tazas, descubrió que estaba hablando más de lo planeado. No porque él preguntara mucho, sino porque cuando ella hablaba, él escuchaba de una manera que no era común: sin esperar su turno, sin revisar el teléfono, sin ese gesto de quien sigue la conversación por cortesía mientras piensa en otra cosa. Era atención real, fija, y esa clase de atención abre un espacio que las palabras llenan solas.
Le habló de la fundación casi sin proponérselo. De los niños, de la burocracia que duplicaba el trabajo, de los casos que se quedaban pegados en el pecho y no se iban con el fin del día laboral.
—¿Cuántos niños atienden? —preguntó él, con la taza en la mano.
—Actualmente treinta y cuatro en seguimiento activo. Pero la lista de espera tiene casi el doble.
—¿Y el Estado no cubre eso?
—El Estado cubre el papel. La realidad es otra conversación.
Él no dijo nada de inmediato. La miró con esa expresión que ella todavía no sabía descifrar: seria, enfocada, como si lo que acababa de escuchar le importara de una manera que iba más allá de la cortesía de la conversación.
—¿Por qué ese trabajo? —dijo eventualmente.
La pregunta era directa. No intrusiva, solo directa. La clase de pregunta que hacen las personas que realmente quieren saber la respuesta.
Ella dudó un segundo.
—Crecí sin saber bien de dónde venía —dijo, con una honestidad que la sorprendió a ella misma—. Mi mamá era buena persona, la mejor. Pero había cosas que nunca me contó, y yo lo sabía, y ese espacio en blanco se queda. Los niños sin familia lo cargan todo el tiempo. Yo lo entiendo desde adentro.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el silencio de alguien que está procesando algo con cuidado, no el silencio de quien no tiene qué decir.
—Eso tiene sentido —dijo él.
No agregó nada más. Y sin embargo esas tres palabras, dichas con esa voz, se asentaron en algún lugar que no era exactamente el oído.
Nadie me escucha así, pensó ella, y luego se dijo que eran las tres de la mañana y que el agotamiento distorsiona las cosas ordinarias.
Matías terminó su taza de pie, apoyado en el mesón de la cocina con la camiseta gris que hacía lo que podía por contener los hombros que cubría. No tenía el aspecto de un hombre que había pasado cuarenta minutos en el suelo de un baño inundado. Tenía el aspecto de alguien que estaba exactamente donde había decidido estar.
Ella lo miraba sin disimulo. Él lo sabía.
—¿Hay algo más que necesites revisar? —dijo, con la voz bajo control.
—No. —Una pausa—. Gracias.
—Llave inglesa —dijo él de repente, mirando hacia el baño.
—¿Qué?
—La dejé adentro.
Volvieron al baño. Era el mismo espacio, el mismo mosaico blanco, la misma bombilla sobre el espejo, pero algo en la temperatura había cambiado sin que ninguno de los dos lo pidiera. La llave inglesa estaba en el rincón entre el mueble del lavamanos y la pared, exactamente en el ángulo más incómodo, y para alcanzarla él tuvo que pasar el brazo rozando su cadera, con el cuidado de quien intenta no tocar y falla por un centímetro.
Miranda del otro lado del teléfono negó con la cabeza—Buenos días a ti también. O buenas noches, técnicamente.—El Grupo Vidal. ¿Por qué compraría un edificio como este? ¿Qué ganan?Miranda se quedó en silencio por un momento.—Estaba pensando exactamente lo mismo —dijo finalmente—. De hecho, ya empecé a buscar. Hay algo raro en toda esta transacción, Gabi. Los números no cuadran.—¿Qué quieres decir?—Pagaron por encima del valor de mercado. Significativamente por encima. Como si el edificio fuera más valioso de lo que realmente es.—Eso no tiene sentido.—Exacto. A menos que... —Miranda hizo una pausa—. A menos que no estuvieran comprando el edificio por su valor comercial.—¿Entonces por qué?—No lo sé todavía. Pero voy a averiguarlo. —Escuchó a Miranda teclear algo—. Dame un par de días para investigar más profundo. Tengo acceso a bases de datos corporativas que pueden mostrarme cosas que no están disponibles públicamente.—Miranda, si esto te va a meter en problemas...—No me va
Esa tarde, cuando el timbre sonó otra vez, Gabriela consideró no abrir. Pero lo hizo de todas formas. Matías estaba parado en el pasillo otra vez. Esta vez sin la caja de herramientas.—Necesito cambiar una bombilla en el pasillo —dijo—. La escalera está en tu closet de limpieza.Era cierto. La escalera plegable que varios apartamentos del piso compartían estaba guardada en su espacio de almacenamiento porque había más espacio ahí que en otros lugares.—Claro —dijo ella, haciéndose a un lado— Adelante.Él entró y fue directo al closet pequeño junto a la cocina. Sacó la escalera con facilidad, cargándola bajo el brazo como si no pesara nada.Gabriela se había cambiado desde la visita matutina. Ya no llevaba pijama sino jeans cómodos y una blusa suelta de algodón color crema. El cabello lo había dejado suelto porque era sábado y los sábados no requería el moño profesional que usaba en la oficina.Cuando lo siguió al pasillo, él ya estaba desplegando la escalera bajo el foco quemado del
Miranda no deja de analizar. "Este hombre ha usado traje más veces de las que ha usado una llave inglesa", pensó , observando la forma en que se movía, la postura recta, la confianza contenida que no encajaba con el rol que supuestamente ocupaba. Las manos están demasiado cuidadas. La forma de hablar demasiado precisa. Este no es un hombre que ha pasado su vida haciendo trabajo manual.Por favor, Miranda, no hagas la pregunta, pensó Gabriela, viendo esa expresión en el rostro de su amiga que conocía demasiado bien. Miranda, te lo ruego, PARA.Esta amiga va a ser un problema, pensó Matías, registrando cada detalle de Miranda Ospina con la eficiencia de alguien que ha aprendido a leer personas en salas de juntas donde un error de cálculo cuesta millones. Interesante problema, pero definitivamente problema.—¿Dónde estudiaste? —preguntó Miranda con tono casual que no engañaba a nadie—. Solo por curiosidad.Gabriela cerró los ojos.Ahí está.Matías no pestañeó. No mostró ni un milímetro d
Miranda Ospina llegó al edificio Parque Riviera un sábado a las once de la mañana con dos cafés grandes de la cafetería cara del centro, una bolsa de croissants que todavía estaban tibios y la energía frenética de alguien que llevaba tres días con una teoría y necesitaba compartirla con urgencia vital.Gabriela abrió la puerta descalza, en pijama. Pantalones de algodón gris y una camiseta vieja de la universidad con el logo medio borrado por el uso. El cabello recogido en un moño desprolijo que desafiaba toda lógica arquitectónica.—Son las once de la mañana —anunció Miranda, entrando sin esperar invitación—. Ya deberías estar despierta, presentable y lista para recibir información crucial sobre tu vida.—Estoy despierta. Solo que civilizada.—No estás civilizada, estás evitando al mundo. —Dejó los cafés sobre la mesa de centro con un golpe dramático—. Y yo sé exactamente por qué.Gabriela cerró la puerta y la siguió hasta la sala con pasos lentos de alguien que sabe que está a punto
La lluvia empezó sin aviso, como siempre en Bogotá, sin gradación ni cortesía, pasando de cero a diluvio en el tiempo que tarda una nube en decidir que ya es suficiente. El lobby del edificio tenía una puerta de vidrio que daba a la calle y a través de ella el aguacero era una pared gris y ruidosa que convertía la acera en un río y los carros en islas.—Mierda —dijo Gabriela, mirando hacia afuera—. Tenía que estar en la fundación en veinte minutos.—¿Tienes paraguas?Ella lo miró con la expresión de alguien que sabe la respuesta y no le gusta.—Lo dejé en la oficina el jueves.Matías fue al cuarto del conserje y volvió con un paraguas negro, grande, el tipo de paraguas que aguanta viento real y no se invierte al primer golpe de aire. Se lo extendió.—Pero tú también tienes que salir —dijo ella.—Tengo que revisar el sótano. No salgo a la calle.Era una mentira razonable. Ella la recibió como verdad porque no tenía razón para dudar. Tomó el paraguas.Pero la lluvia no cedía, y el Uber
Tres días después de la noche de la tubería rota, Bogotá amaneció con ese cielo de algodón sucio que anuncia lluvia para la tarde pero no la suficiente cortesía de adelantar el horario. Gabriela Moreno bajó al lobby a las 8:20 AM con el cabello todavía húmedo de la ducha, el bolso colgado en el hombro, tres carpetas bajo el brazo y la lista mental de todo lo que tenía que hacer antes del mediodía funcionando en segundo plano como un programa que no se cierra nunca.Lo vio antes de llegar a los buzones.Estaba sentado en la única silla decente del lobby, esa que en teoría era para esperar visitas y en la práctica nadie usaba porque quedaba justo debajo de la ventana de ventilación que hacía un ruido intermitente insoportable. Tenía las piernas extendidas, la espalda recostada con esa postura de quien está genuinamente cómodo y no de quien está posando para estarlo, y en las manos sostenía un libro. No una revista. No el periódico del edificio doblado en cuartos. Un libro con el lomo ma
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