Mundo ficciónIniciar sesiónLa lluvia empezó sin aviso, como siempre en Bogotá, sin gradación ni cortesía, pasando de cero a diluvio en el tiempo que tarda una nube en decidir que ya es suficiente. El lobby del edificio tenía una puerta de vidrio que daba a la calle y a través de ella el aguacero era una pared gris y ruidosa que convertía la acera en un río y los carros en islas.
—Mierda —dijo Gabriela, mirando hacia afuera—. Tenía que estar en la fundación en veinte minutos.
—¿Tienes paraguas?
Ella lo miró con la expresión de alguien que sabe la respuesta y no le gusta.
—Lo dejé en la oficina el jueves.
Matías fue al cuarto del conserje y volvió con un paraguas negro, grande, el tipo de paraguas que aguanta viento real y no se invierte al primer golpe de aire. Se lo extendió.
—Pero tú también tienes que salir —dijo ella.
—Tengo que revisar el sótano. No salgo a la calle.
Era una mentira razonable. Ella la recibió como verdad porque no tenía razón para dudar. Tomó el paraguas.
Pero la lluvia no cedía, y el Uber que pidió tenía diecisiete minutos de espera, y el alero de la entrada del edificio era exactamente del ancho de dos personas si esas dos personas estaban dispuestas a estar cerca. Se quedaron ahí, hombro con hombro, mirando cómo el agua convertía la calle en algo irreconocible. El calor del costado de Matías llegaba a través de las capas de ropa con una precisión que no tenía nada de accidental y todo de física elemental, y Gabriela no se movió aunque había treinta centímetros de espacio a su izquierda.
Él tampoco se movió. El ruido de la lluvia llenaba el silencio de una forma que lo volvía habitable, que hacía que no hablar fuera una opción en lugar de una carencia.
—Me gustan los aguaceros de Bogotá —dijo ella, después de un momento—. Son los únicos que no piden disculpas.
—¿Los aguaceros de otros lados piden disculpas?
—En Miami llueve con una consideración casi molesta. Llovizna. Para. Llovizna. Te deja pensar que ya terminó y entonces vuelve. —hizo una pausa—. Aquí no. Aquí simplemente llueve hasta que termina y punto.
—¿Viviste en Miami?
—Un año. Con mi madre, antes de que ella... —Se detuvo. El estómago se le contrajo de una forma que no tenía que ver con el frío—. Hace tres años. Murió hace tres años.
—Lo siento.
Lo dijo sin el exceso de suavidad con que la gente lo dice cuando no sabe qué más decir. Lo dijo como una declaración simple y verdadera, y eso fue peor que cualquier elaboración porque no le dejaba a Gabriela espacio para minimizarlo.
—Era una persona complicada —dijo ella, mirando la lluvia—. Yo no lo supe hasta que ya no podía preguntarle nada. —Las manos se cerraron levemente alrededor del mango del paraguas—. Murió y me dejó con la sensación de que había páginas que faltaban. Como cuando ves la última página de un libro y la arrancaron. Sabes que la historia continuaba. Sabes que había algo más. Pero no tienes forma de saber qué era.
Matías no respondió de inmediato. Un segundo. Dos.
Gabriela no miró hacia él, pero si lo hubiera hecho habría visto algo en su mandíbula que no estaba antes, una tensión pequeña e involuntaria que vino y fue en el tiempo de un latido. Sus manos, apoyadas en el borde del alero, se cerraron brevemente. El gesto duró menos de tres segundos y cuando pasó, él volvió a ser el mismo de antes, tranquilo, presente, mirando la lluvia.
—A veces las personas guardan cosas para proteger a los que quieren —dijo, con cuidado.
—Y a veces las guardan para protegerse a ellas mismas.
—También.
El Uber que llamó de nuevo, llegó. Era un Honda gris que frenó con más brusquedad de la necesaria levantando una pequeña ola de agua de la cuneta, y Gabriela lo miró con el alivio ambiguo de quien ve una salida que no estaba segura de querer.
Se volvió hacia él.
—El paraguas —dijo.
—Quédatelo. Lo devuelves cuando puedas.
El tono era práctico. El gesto no lo era, y los dos lo sabían.
Gabriela corrió hacia el carro con el paraguas abierto y Matías se quedó en el alero mirando cómo se alejaba, con el frío de la lluvia llegando en oleadas y algo en el pecho que no era parte del trabajo y que no debería estar ahí y que estaba de todas formas, obstinado e inoportuno como todos los sentimientos que llegan cuando uno menos los necesita.
Volvió adentro.
El resto del turno lo pasó haciendo lo que se supone que hace un conserje: cambió una bombilla en el tercer piso, firmó un paquete para el 302, ajustó la presión de la calefacción del sótano. Lo hizo todo con la atención mecánica de quien tiene el cuerpo ocupado y la cabeza en otro lugar.
Carmen Moreno, pensó, una vez. Solo una vez.
Y no se permitió pensar en qué significaba que la hija de Carmen Moreno hablara de páginas arrancadas con la voz de alguien que todavía espera que aparezcan.
El apartamento del piso doce no figuraba en el registro del edificio como habitado. El cartel en la puerta decía EN RENOVACIÓN desde hacía seis semanas, una mentira conveniente que la administradora del edificio, a quien Matías pagaba lo suficiente para que la conveniencia le resultara aceptable, mantenía sin hacer preguntas. Por dentro, el apartamento era otro mundo.
No el mundo del conserje del séptimo piso ni el mundo del hombre que recogía cartas caídas en un lobby con iluminación deficiente. Este era el mundo real de Matías Alcántara-Voss, y en ese mundo las cosas tenían un peso y una calidad que no se negociaban.
La sala tenía una mesa de trabajo de vidrio templado y acero que costaba más que el sueldo anual de un conserje real, con tres monitores dispuestos en arco y un sistema de comunicación encriptada que Leonardo había instalado la primera semana. El sillón era cuero negro, de esos que se moldean al cuerpo con el uso y que cuestan lo que cuestan porque el tiempo que uno pasa trabajando merece no terminar con la espalda rota. En la cocina, que Matías usaba poco pero había equipado bien por principio, había una cafetera italiana de acero inoxidable y un whisky de dieciocho años en el armario, porque había noches en que el trabajo requería algo que no era café.
Esta era una de esas noches.
Leonardo llegó a las 9:47 PM con el mismo traje oscuro de siempre y una carpeta bajo el brazo que tenía el grosor de los problemas que se han estado acumulando y que finalmente hay que abrir. Matías lo dejó pasar sin decir nada, fue a la cocina, sirvió dos vasos y volvió.
Leonardo no tocó el suyo de inmediato. Abrió la carpeta sobre la mesa de vidrio.
—Ricardo contrató a alguien nuevo —dijo, sin preámbulo—. Un investigador privado. Oviedo, se llama. Con más recursos que los anteriores y con menos escrúpulos, que ya es decir.
Matías miró los documentos. Había una foto del investigador, un hombre de unos cincuenta años con cara de contador y ojos de otro tipo de profesión. Debajo, un resumen de sus últimas operaciones: tres casos en dos años, todos resueltos en favor de quien pagaba, todos con métodos que se mantenían en ese límite difuso entre lo legal y lo que simplemente nadie iba a denunciar.
—¿Sabe que ella está aquí?
Leonardo tardó un segundo. Ese segundo tenía un contenido.
—Todavía no. Tiene la ciudad pero no la dirección. —no dijo nada por unos segundos—. Pero Matías... si él la encuentra antes de que tú le digas la verdad...
—No va a encontrarla.
—No puedes garantizar eso. Oviedo es bueno. Y Ricardo tiene más dinero que paciencia en este momento, con el proceso legal donde está.
Matías cerró la carpeta. La dejó sobre la mesa con una precisión que era la única señal exterior de lo que ocurría debajo, ese cálculo frío que le había servido en cuatro meses de trabajo y que esta noche tenía una variable nueva que no estaba en ninguna proyección.
Una mujer bajo un alero, con sus manos cerradas alrededor de un paraguas prestado, hablando de páginas arrancadas.
—Acelera el proceso legal —dijo—. Necesito más tiempo antes de que ella sepa cualquier cosa y quiero que ese tiempo esté respaldado por algo concreto que pueda mostrarle.
—Estoy en eso. Pero el juez tiene el calendario lleno hasta…
—Aceléralo.
Leonardo lo miró. Conocía ese tono. Era el tono de Matías cuando había tomado una decisión y el debate al respecto era irrelevante.
—Bien —dijo—. ¿Algo más?
Matías se levantó. Fue a la ventana que daba a la ciudad, a las luces de Bogotá extendiéndose hasta donde la lluvia las volvía borrosas, una geografía de millones de personas que en este momento no sabían nada de Ricardo ni de carpetas ni de investigadores con cara de contador.
—Consígueme todo lo que tengas sobre Carmen Moreno.
El silencio de Leonardo duró tres segundos. Era un silencio que reconocía el cambio de dirección, que lo evaluaba, que decidía si preguntar o no.
No preguntó.
—Para mañana —dijo.
—Para mañana.
Leonardo recogió la carpeta, terminó el whisky de un trago, y salió sin más ceremonia. Matías se quedó frente a la ventana con el vaso en la mano y la lluvia al otro lado del vidrio, la misma lluvia que había caído esa tarde sobre el alero estrecho, sobre el paraguas negro que ahora estaba en el apartamento 704 apoyado contra la pared junto a la puerta.
Como cuando ves la última página de un libro y la arrancaron.
Él sabía qué estaba en esas páginas. Y eso, por primera vez en cuatro meses de trabajo limpio y decisiones calculadas, le pesaba de una forma que no tenía nombre todavía pero que reconocía por instinto como el principio de algo que iba a ser difícil de contener.







