Mundo ficciónIniciar sesiónMiranda Ospina llegó al edificio Parque Riviera un sábado a las once de la mañana con dos cafés grandes de la cafetería cara del centro, una bolsa de croissants que todavía estaban tibios y la energía frenética de alguien que llevaba tres días con una teoría y necesitaba compartirla con urgencia vital.
Gabriela abrió la puerta descalza, en pijama. Pantalones de algodón gris y una camiseta vieja de la universidad con el logo medio borrado por el uso. El cabello recogido en un moño desprolijo que desafiaba toda lógica arquitectónica.
—Son las once de la mañana —anunció Miranda, entrando sin esperar invitación—. Ya deberías estar despierta, presentable y lista para recibir información crucial sobre tu vida.
—Estoy despierta. Solo que civilizada.
—No estás civilizada, estás evitando al mundo. —Dejó los cafés sobre la mesa de centro con un golpe dramático—. Y yo sé exactamente por qué.
Gabriela cerró la puerta y la siguió hasta la sala con pasos lentos de alguien que sabe que está a punto de ser interrogada.
—¿Porque es sábado y merezco dormir hasta tarde?
—Porque investigué a tu conserje. —Miranda se giró con esa expresión que significaba que había encontrado algo y ese algo era demasiado bueno para guardárselo—. Y créeme cuando te digo que lo que encontré es fascinante.
—No lo hiciste.
—Oh, claro que lo hice. Soy abogada laboral, Gabi. Investigar personas es literalmente mi super poder profesional. Es lo que me pagan por hacer cuarenta horas a la semana. —Sacó su teléfono y comenzó a deslizar pantallas con la velocidad de alguien que había revisado esa información varias veces—. Matías López, contratado hace exactamente tres semanas, sin historial previo de trabajo en edificios residenciales según los registros públicos que pude acceder.
—Tal vez trabajaba en otro sector.
—Eso pensé yo también. Así que busqué más profundo. —Miranda levantó la vista con los ojos brillantes—. Sin perfil en ninguna red social. Y cuando digo ninguna, es ninguna. No F******k, no I*******m, no LinkedIn, que es raro porque hasta mi abuela tiene LinkedIn, Gabi.
—Algunas personas valoran su privacidad.
—Privacidad es una cosa. Invisibilidad digital es otra muy diferente. —Continuó deslizando—. Su número de teléfono es prepago, registrado exactamente el mismo día que fue contratado. ¿Ves el patrón?
Gabriela tomó uno de los cafés y se sentó en el sofá. Intentó parecer desinteresada. Tomó un sorbo largo mientras Miranda la observaba con esa mirada analítica que usaba en las cortes.
—Y esto, esto es lo que me mató. —Miranda se sentó a su lado, acercando el teléfono—. Sus referencias laborales anteriores vienen de una empresa llamada Servicios Integrales Andinos SAS. Suena legítima, ¿verdad? Búscala.
—Miranda...
—Búscala.
Gabriela suspiró y sacó su propio teléfono. Escribió el nombre de la empresa y presionó buscar.
La primera página que apareció tenía un diseño corporativo genérico. Colores azul y gris. Texto que podría aplicar a cualquier empresa de servicios del planeta. Fotos de stock de personas en trajes estrechándose las manos. Una dirección que, cuando Gabriela la copió en G****e Maps, mostraba un edificio de apartados postales en una zona industrial.
—Es una empresa fantasma —dijo Miranda con satisfacción—. Este hombre no existe antes de hace tres semanas. Al menos no como Matías López, conserje.
Gabriela dejó el teléfono sobre la mesa. Su estómago se contrajo con algo que no quería identificar como preocupación.
—Tal vez solo es alguien que valora su privacidad. Hay gente así.
—¿Gente que inventa empresas enteras como referencias laborales? —Miranda la miró fijamente—. Gabi, estás haciendo la cara.
—¿Qué cara?
—La cara de me parece interesante pero finjo que no. La cara número siete. La conozco desde que tenías dieciséis años y la hacías cada vez que Daniel Romero pasaba cerca de tu casillero.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—Estás haciendo exactamente esa cara. —Miranda se recostó en el sofá, cruzando las piernas—. Lo cual significa que mi teoría es correcta y que este conserje no solo es atractivo sino también misterioso, y tú, mi querida amiga, eres débil ante los hombres misteriosos.
—No soy débil ante nada.
—Eres débil ante los hombres que leen libros densos y te miran como si estuvieras diciendo cosas importantes cuando solo estás quejándote del tráfico.
Gabriela abrió la boca para responder cuando el timbre de su apartamento sonó.
Ambas se giraron hacia la puerta como si acabara de materializarse evidencia física en medio de una sala de juicio.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Miranda en voz baja.
—No.
El timbre sonó otra vez. Gabriela se levantó, consciente de que seguía en pijama, consciente de que no se había peinado, consciente de que Miranda la observaba con esa expresión que decía claramente "esto se va a poner bueno".
Abrió la puerta.
Matías estaba parado en el pasillo con una caja de herramientas en una mano y esa expresión neutral que usaba cuando estaba trabajando. Llevaba jeans oscuros que le quedaban perfectos y una camiseta negra simple que se ajustaba a sus hombros de una manera que debería estar prohibida los sábados por la mañana.
—Buenos días —dijo con esa voz grave que parecía más profunda en las mañanas—. Reportaron un problema con la cerradura del 4B. Necesito revisar las conexiones del sistema de seguridad desde el panel principal. ¿Puedo pasar?
—Yo... sí. Claro. Adelante.
Gabriela se hizo a un lado. Él entró con movimientos eficientes y entonces vio a Miranda sentada en el sofá con su café y una sonrisa que era pura interés profesional con bordes afilados.
Por una fracción de segundo, algo cruzó la expresión de Matías. No era sorpresa exactamente. Era cálculo. Evaluación rápida de una variable nueva que acababa de entrar en su ecuación.
—Hola —dijo Miranda, poniéndose de pie con la gracia de alguien que se preparaba para un interrogatorio—. Soy Miranda Ospina. La mejor amiga desde la preparatoria, abogada laboral y, según Gabi, ocasionalmente entrometida.
—Matías López —respondió él, dejando la caja de herramientas en el suelo—. El conserje.
—Eso tengo entendido.
El intercambio fue educado. Civilizado. Y cargado de suficiente tensión subterránea como para alimentar toda una ciudad.







