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Las 2:17 AM no era hora para nada que requiriera paciencia, y Gabriela Moreno llevaba cuatro horas sin tenerla.
El baño de su apartamento se había rendido sin previo aviso: agua tibia cubriendo los mosaicos del piso, empapando la alfombra de yute, avanzando con la determinación silenciosa de algo que ya ganó. Ella había puesto toallas. Luego más toallas. El agua no negociaba.
Sabía que no era el mejor lugar, pero era el que llamaba hogar. tres años en ese apartamento y en ese tiempo solo hubo un momento en que pensó que podría perderlo. Hace dos años corrió el rumor por el edificio de que algo pasaba con la hipoteca, llegaron cartas de la administración, don Gustavo del 2A organizó una reunión de copropietarios que terminó sin conclusiones claras, y durante tres semanas el edificio tuvo esa energía específica de los lugares donde la gente se saluda en el ascensor con los ojos un poco más abiertos de lo normal. Luego, sin que nadie pudiera explicar exactamente cómo, todo se resolvió. Llegó una circular de la administración diciendo que el proceso se había suspendido y que los contratos de arrendamiento seguían vigentes sin modificaciones. Gabriela encendió una vela por reflejo y no preguntó más. Hay resoluciones que uno acepta sin entenderlas porque el resultado es bueno y la energía para investigar es limitada.
Esta noche, sin embargo, el resultado no está siendo bueno. El baño sigue inundado. Había llamado al número de emergencias del edificio a las diez de la noche, , a las diez y veinte, a las once, a las doce, a la una. Cinco llamadas. Tres buzones de voz. Cuando se puso el abrigo encima del pijama de franela y metió los pies en las botas de goma, no iba con ninguna clase de buena disposición.
El pasillo del sótano tenía una sola bombilla funcionando de las tres instaladas, lo que creaba zonas de sombra que en otro momento habrían parecido inquietantes y que ahora simplemente le parecían una falla más de mantenimiento que agregar a la lista interminable de este edificio. Tocó la puerta metálica del cuarto de conserjes. Nada. Volvió a tocar, con más fuerza. El cartel plastificado informaba que el señor Hernández había tomado licencia médica indefinida y que el servicio sería atendido por personal de reemplazo. Sin nombre. Sin número alternativo. Sin ninguna información útil a las dos de la mañana.
—¿Personal de reemplazo? —murmuró entre dientes, y volvió a golpear la puerta, esta vez sin disculpas.
Cuando abrieron, el mundo tardó dos segundos en procesar lo que tenía enfrente.
Alto. Ese fue el primer dato que registró, porque era imposible no hacerlo: ese hombre llenaba el marco de la puerta como si hubiera sido construido para esa medida exacta. Cabello oscuro revuelto por el sueño. Sin camisa, con un pantalón de pijama azul marino de una tela que no era la tela de los pijamas de las personas que arreglan tuberías por oficio. Y en el torso descubierto, bajo la única bombilla del corredor, un conjunto de abdominales que Gabriela Moreno había visto antes exclusivamente en publicidades de perfume caro y en sueños que no le contaba a Miranda Ospina bajo ninguna circunstancia.
Esto es una emergencia de plomería, se dijo con toda la fuerza mental disponible. No un episodio de telenovela. ENFÓCATE.
Él la miraba con una expresión que no correspondía a alguien arrancado del sueño a las dos de la mañana. Era la mirada de alguien acostumbrado a evaluar en segundos, a leer personas como si fueran balances de cierre.
—Hay un problema en mi baño —dijo ella, y se odió internamente por lo perfectamente funcional que sonó.
Él apoyó el antebrazo en el marco de la puerta y no dijo nada de inmediato. Solo la miró con esa pausa que obliga a las personas a seguir hablando.
—¿Qué clase de problema?
—Una tubería. Debajo del lavamanos. Lleva cuatro horas perdiendo agua, el piso tiene tres centímetros acumulados, las toallas no son una solución estructural sino una medida temporal que apliqué mientras el número de emergencias no contestaba durante las últimas cuatro horas, y…
Se detuvo. Él seguía mirándola con la misma calma.
—En resumen: el baño se está inundando.
Algo en la comisura de su boca se movió apenas. No llegó a ser sonrisa, pero estuvo peligrosamente cerca.
—Dame un minuto.
******
Matías Soler, que en ese pasillo respondía únicamente al nombre de Matías y no ofrecía historia adicional, se puso una camiseta gris en treinta segundos y agarró la caja de herramientas con un orden que no era el de alguien que llevaba tres semanas en el oficio.
Tres semanas como conserje y la primera crisis real me llega a las dos de la mañana con ella, pensó mientras subía las escaleras detrás de Gabriela, que caminaba con las botas de goma produciendo un sonido levemente ridículo en el corredor silencioso y una irritación completamente justificada en cada paso. Había revisado su expediente tantas veces en cuatro meses que podría recitarlo en cualquier idioma: veintiocho años, trabajadora social, apartamento 3B desde hace cuatro años, sin familia directa viva. Los datos eran exactos. Lo que los datos no capturaban era la manera en que caminaba, directa y con propósito, ni la curva del cuello sobre el borde del abrigo de paño.
Ningún expediente preparaba a nadie para eso.
El apartamento 3B olía a vela apagada, café frío y algo cítrico que identificó de inmediato como un acondicionador de naranja, el mismo que había registrado brevemente la semana anterior cuando ella pasó junto a él en el lobby sin mirarlo. Libros apilados en el suelo con los lomos doblados, tenis debajo de la mesa del comedor, una novela abierta boca abajo sobre el sofá. El desorden de alguien que vive con intensidad y no pierde tiempo en el resto.
El baño estaba tal como ella describió. Tres centímetros de agua clara, toallas empapadas arrinconadas contra la pared, y debajo del lavamanos, la unión de la válvula de paso dañada, o tal vez vencida, dejando escapar agua a montones.
—¿Puedes alumbrarme con el celular?
Ella se arrodilló a su lado sin dudar y sostuvo el teléfono apuntando hacia la tubería. El espacio era reducido. No había manera de que dos personas cupieran debajo de ese lavamanos sin que eso tuviera algún peso.
Matías identificó el daño en menos de un minuto.
—Empaque cedido —dijo—. Tengo el repuesto.
—¿Llevas repuestos de empaques de lavamanos en la caja de herramientas a las dos de la mañana?
—Un conserje que no tiene repuestos no es un conserje, es un espectador.
Ella lo miró de reojo. Él ya estaba trabajando.
Lo observó con esa atención frontal que tenía, sin el disimulo social de fingir que miraba otro punto. Las manos de él se movían con una eficiencia que no encajaba del todo con el contexto, con la postura de alguien que ha aprendido a resolver problemas con los recursos disponibles porque eligió aprender a hacerlo, no porque no tuviera otra opción. Eso era lo que le llamaba la atención. Eso y otras cosas que prefería no enumerar.
—¿Cuánto tiempo llevas en el edificio? —preguntó, porque el silencio entre dos personas en un baño inundado a las dos de la mañana tiene un peso que hay que distribuir.
—Tres semanas.
—¿Y antes de esto?
—Otras cosas.
Ella esperó. Él no agregó nada.
—¿Cómo te llamas?
—Matías.
—¿Solo Matías?
Una pausa mínima.
—Matías… López.
—¿Siempre eres así de informativo, Matías López?
—¿Siempre llamas a mantenimiento a las dos de la mañana?
—Llamé a las diez. Y a las once. Y a la una.
Él detuvo el movimiento de la llave inglesa por medio segundo y giró la cabeza hacia ella, lo justo.
—Lo siento.
Dos palabras. Sin adorno. Y lo decía en serio, eso se notaba en la voz, y eso era más desconcertante que cualquier respuesta elaborada.
Trabajó cuarenta minutos sin apresurarse y sin hacer de eso un espectáculo. Cerró la válvula, reemplazó el empaque, ajustó todo con la precisión de manos que conocen la diferencia entre suficiente y demasiado. No explicaba mientras trabajaba como hacen los hombres que quieren que el esfuerzo se note. Simplemente lo hacía.
Cuando terminó, Gabriela le ofreció café y él dijo que sí con la naturalidad de quien acepta algo sin calcular lo que eso implica.
En la cocina, mientras ella preparaba las tazas, descubrió que estaba hablando más de lo planeado. No porque él preguntara mucho, sino porque cuando ella hablaba, él escuchaba de una manera que no era común: sin esperar su turno, sin revisar el teléfono, sin ese gesto de quien sigue la conversación por cortesía mientras piensa en otra cosa. Era atención real, fija, y esa clase de atención abre un espacio que las palabras llenan solas.
Le habló de la fundación casi sin proponérselo. De los niños, de la burocracia que duplicaba el trabajo, de los casos que se quedaban pegados en el pecho y no se iban con el fin del día laboral.
—¿Cuántos niños atienden? —preguntó él, con la taza en la mano.
—Actualmente treinta y cuatro en seguimiento activo. Pero la lista de espera tiene casi el doble.
—¿Y el Estado no cubre eso?
—El Estado cubre el papel. La realidad es otra conversación.
Él no dijo nada de inmediato. La miró con esa expresión que ella todavía no sabía descifrar: seria, enfocada, como si lo que acababa de escuchar le importara de una manera que iba más allá de la cortesía de la conversación.
—¿Por qué ese trabajo? —dijo eventualmente.
La pregunta era directa. No intrusiva, solo directa. La clase de pregunta que hacen las personas que realmente quieren saber la respuesta.
Ella dudó un segundo.
—Crecí sin saber bien de dónde venía —dijo, con una honestidad que la sorprendió a ella misma—. Mi mamá era buena persona, la mejor. Pero había cosas que nunca me contó, y yo lo sabía, y ese espacio en blanco se queda. Los niños sin familia lo cargan todo el tiempo. Yo lo entiendo desde adentro.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el silencio de alguien que está procesando algo con cuidado, no el silencio de quien no tiene qué decir.
—Eso tiene sentido —dijo él.
No agregó nada más. Y sin embargo esas tres palabras, dichas con esa voz, se asentaron en algún lugar que no era exactamente el oído.
Nadie me escucha así, pensó ella, y luego se dijo que eran las tres de la mañana y que el agotamiento distorsiona las cosas ordinarias.
Matías terminó su taza de pie, apoyado en el mesón de la cocina con la camiseta gris que hacía lo que podía por contener los hombros que cubría. No tenía el aspecto de un hombre que había pasado cuarenta minutos en el suelo de un baño inundado. Tenía el aspecto de alguien que estaba exactamente donde había decidido estar.
Ella lo miraba sin disimulo. Él lo sabía.
—¿Hay algo más que necesites revisar? —dijo, con la voz bajo control.
—No. —Una pausa—. Gracias.
—Llave inglesa —dijo él de repente, mirando hacia el baño.
—¿Qué?
—La dejé adentro.
Volvieron al baño. Era el mismo espacio, el mismo mosaico blanco, la misma bombilla sobre el espejo, pero algo en la temperatura había cambiado sin que ninguno de los dos lo pidiera. La llave inglesa estaba en el rincón entre el mueble del lavamanos y la pared, exactamente en el ángulo más incómodo, y para alcanzarla él tuvo que pasar el brazo rozando su cadera, con el cuidado de quien intenta no tocar y falla por un centímetro.







