Mundo de ficçãoIniciar sessãoGabriela contuvo el aire. No fue una decisión: fue simplemente lo que hizo el cuerpo, el pecho deteniéndose solo en el instante en que el calor del antebrazo de él le rozó la cadera a través de la tela del pijama.
Él olió su cabello en ese momento. Naranja y algo cálido y algo más que no tenía nombre en ninguna lista de ingredientes, algo que el cerebro registra por canales que no pasan por la razón. Tardó dos segundos de más en retirar el brazo.
Dos segundos exactos. Los dos los contaron en silencio.
Se incorporó despacio. Guardó la llave en la caja. No dijo nada. Ella tampoco. El espejo sobre el lavamanos reflejaba a los dos en ese cuarto de metro que quedaba entre ellos, y ninguno de los dos miró el espejo porque mirar el espejo habría sido admitir algo que todavía no tenía nombre.
—Mañana reviso que la presión esté estable —dijo él, con la voz perfectamente controlada.
—Bien —dijo ella, con la suya igual de controlada y ninguno de los dos creyendo al otro por completo.
Caminaron hasta la puerta del apartamento. Él recogió la caja de herramientas del pasillo de entrada. Ella abrió la puerta. En el umbral, él se detuvo un momento, y ese momento tuvo el peso de todas las cosas que ninguno de los dos dijo.
—Buenas noches, Gabriela.
Era la primera vez que decía su nombre. Lo dijo con la misma voz de siempre, tranquila, sin énfasis, y aun así sonó distinto a cualquier cosa que alguien le hubiera dicho antes.
—Buenas noches, Matías López.
La comisura de su boca se movió otra vez. Esta vez sí llegó a ser sonrisa, breve y real y completamente inesperada, y desapareció antes de que ella pudiera estar segura de haberla visto.
Él bajo por el pasillo sin apresurarse. Ella lo vio alejarse, con la caja de herramientas en una mano y la camiseta gris y ese porte que no era el porte de ningún conserje que ella hubiera conocido. Cerró la puerta cuando dobló la esquina hacia las escaleras.
Se apoyó en la puerta desde adentro. El apartamento estaba en silencio. La lluvia seguía cayendo sobre Bogotá con esa persistencia que no pregunta si es buen momento. El baño estaba seco. Eran las 3:47 AM.
El pulso le latía en la garganta con una fuerza que no correspondía a ninguna emergencia de plomería resuelta.
Lo atribuyó al café. Al horario. Al alivio perfectamente razonable de que el desastre estuviera reparado.
Lo atribuyó a todo eso con mucha convicción y sacó el teléfono para escribirle a Miranda Ospina, que tenía la costumbre documentada e inexplicable de revisar el celular a cualquier hora de la noche:
El nuevo conserje tiene abdominales que deberían ser ilegales.
La respuesta llegó en treinta segundos:
Gabriela Moreno. Son las cuatro de la mañana. Detállame eso INMEDIATAMENTE.
Ella se rio sola en el pasillo oscuro de su propio apartamento, con las botas de goma todavía puestas y los dos segundos de más en el baño todavía sin ningún lugar donde guardarse. Los dos segundos exactos que Matías López había tardado en retirar el brazo, y la manera en que su nombre había sonado en esa voz, y la sonrisa que había aparecido y desaparecido antes de que ella pudiera catalogarla.
Te estás inventando cosas, se dijo. Tiene el turno de noche y tú tienes sueño y eso es todo lo que hay aquí.
Lo pensó con mucha firmeza. No se lo creyó nada.
En el cuarto del conserje del sótano, Matías se sentó en el borde de la cama y sacó el teléfono. No el prepago de pantalla rayada que guardaba en la caja de herramientas y que usaba para todo lo relacionado con el edificio, sino el otro. El corporativo: pantalla de cristal de zafiro, carcasa de titanio cepillado mate, el que su equipo de tecnología reemplazaba cada año con la última generación disponible porque era una herramienta de trabajo y las herramientas de trabajo no podían fallar. Un teléfono que costaba más que tres meses del arriendo que pagaba Gabriela por su apartamento, guardado en un cuarto de cuatro metros cuadrados con una cama individual y pintura descascarada en la esquina del techo.
El contraste no se le escapaba. Llevaba tres semanas viviendo esa contradicción dos noches por semana: dejar el penthouse del edificio Torres del Parque, con sus ventanales del piso al techo y la vista nocturna de Bogotá que valía lo que costaba, por ese cuarto de servicio que olía a pintura vieja y a la humedad de los pasillos del sótano. Llevaba tres semanas diciéndose que era necesario. Que era la única manera de hacer esto bien.
Llamó a Leonardo Paredes.
—¿Jefe? —La voz de Leonardo sonó alerta de inmediato, sin rastro de sueño. Había aprendido hace tiempo que las llamadas de madrugada de Matías no eran accidentales ni largas.
—Primer contacto —dijo Matías—. Es exactamente como los reportes decían.
Un silencio corto y calculado al otro lado.
—¿Confirmado entonces?
—No todavía. —Una pausa—. Pero Leonardo.
—¿Sí?
—Es más. Mucho más.
Colgó antes de que Leonardo pudiera responder.
Se quedó mirando el techo: bajo, con la pintura descascarada en la esquina izquierda, la única ventana pequeña que daba al nivel del estacionamiento y dejaba entrar el sonido de la lluvia sobre el asfalto. Puso el teléfono corporativo sobre la cama a su lado, con la pantalla boca abajo, como si no querer verlo fuera suficiente para no pensar en lo que representaba.
Pensó en el fideicomiso. En la carpeta con su nombre que esperaba en la caja fuerte de su oficina en el piso treinta y dos de la torre Vidal, firmada y sellada y lista desde hace dos meses. En los cuatro meses de trabajo silencioso antes de eso, los investigadores privados, los registros civiles rastreados en tres ciudades, la prueba de ADN procesada en un laboratorio de Ginebra bajo nombre de código porque en Colombia los laboratorios hablaban.
Todo eso para llegar al apartamento 3B del edificio Parque Riviera con la certeza de que Gabriela Moreno era quien él creía que era.
Y luego pensó en Elena Vidal. En esa voz que no subía de tono aunque estuviera dando instrucciones que cambiarían el curso de varias vidas. Conócela primero, Matías. Antes de darle el mundo, de hablarle de quien es realmente, asegúrate de que el mundo no la destruya.
Lo había obedecido durante cuatro meses. Se lo había repetido cada vez que el peso de lo que sabía y callaba se hacía difícil de sostener. Era la decisión correcta. Era lo único que tenía sentido. Protegerla antes de exponerla. Conocerla antes de entregarle el expediente que cambiaría su vida.
Eso era lo que se había dicho durante cuatro meses.
Esta noche, en el techo del cuarto del conserje a las cuatro de la mañana, con el olor a naranja todavía registrado en algún lugar que no pasaba por la razón, Matías Vidal Soler comprendió que esa promesa iba a costarle algo que no había calculado cuando la hizo.
No sabía todavía cuánto.
Pero empezaba a sospecharlo.







