Capítulo 7

Esa tarde, cuando el timbre sonó otra vez, Gabriela consideró no abrir. Pero lo hizo de todas formas. Matías estaba parado en el pasillo otra vez. Esta vez sin la caja de herramientas.

—Necesito cambiar una bombilla en el pasillo —dijo—. La escalera está en tu closet de limpieza.

Era cierto. La escalera plegable que varios apartamentos del piso compartían estaba guardada en su espacio de almacenamiento porque había más espacio ahí que en otros lugares.

—Claro —dijo ella, haciéndose a un lado— Adelante.

Él entró y fue directo al closet pequeño junto a la cocina. Sacó la escalera con facilidad, cargándola bajo el brazo como si no pesara nada.

Gabriela se había cambiado desde la visita matutina. Ya no llevaba pijama sino jeans cómodos y una blusa suelta de algodón color crema. El cabello lo había dejado suelto porque era sábado y los sábados no requería el moño profesional que usaba en la oficina.

Cuando lo siguió al pasillo, él ya estaba desplegando la escalera bajo el foco quemado del techo alto.

—¿Necesitas que la sostenga? —preguntó ella—. A veces se tambalea.

Él la miró por encima del hombro. Sus ojos se detuvieron brevemente en su cabello suelto antes de volver a su cara.

—Ayudaría —dijo—. Gracias.

Comenzó a subir los escalones mientras Gabriela se posicionaba frente a la escalera, poniendo las manos en los lados del metal frío. Lo que significaba que estaba parada entre sus piernas mientras él trabajaba arriba.

Sus ojos quedaron al nivel de su cintura. Podía ver la forma en que sus jeans se ajustaban a sus caderas. Podía ver la línea de su columna a través de la camiseta cuando se estiraba hacia arriba. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo como presencia tangible en el espacio estrecho del pasillo.

No mires. Concéntrate en sostener la escalera. En cualquier otra cosa.

Pero apartar la mirada requería más disciplina de la que poseía en ese momento. Había algo hipnótico en la forma en que se movía, en la tensión controlada de sus músculos, en la eficiencia precisa de cada movimiento.

Él estaba mirando hacia arriba, desenroscando la bombilla quemada, pero había una consciencia en cada línea de su cuerpo. En la forma en que sus piernas se flexionaban en el escalón. En la forma en que su respiración se mantenía perfectamente regular a pesar del esfuerzo.

El silencio se extendió entre ellos. Eléctrico. Cargado de cosas que ninguno iba a decir en voz alta.

Gabriela apretó los lados de la escalera con más fuerza de la necesaria. Su pulso latía acelerado en su garganta. Podía oler su aroma desde esa distancia, algo limpio y masculino sin ser abrumador, mezclado con el olor metálico del aluminio de la escalera.

—¿Todo bien ahí abajo? —preguntó él sin bajar la vista.

Su voz sonó más grave de lo usual. O tal vez era solo la acústica del pasillo estrecho.

—Perfectamente bien —respondió ella, agradeciendo que su voz saliera más estable de lo que se sentía.

—¿Segura? Pareces tensa.

—La escalera está bien. Solo me aseguro de que no se caiga.

—Aprecio tu dedicación.

Había algo en su tono que la hizo levantar la vista. Él había bajado la mirada también, atrapándola mirándolo. Sus ojos se encontraron. Oscuros. Intensos. Llenos de algo que hacía que el aire del pasillo se sintiera más denso.

—¿Cuánto más vas a tardar? —preguntó ella, necesitando romper ese momento antes de que se volviera insostenible.

—Depende —respondió él.

—¿De qué?

—De si quieres que termine rápido o que lo haga bien.

Gabriela abrió la boca para responder algo inteligente y se dio cuenta de que cualquier cosa que dijera en ese contexto iba a sonar completamente inapropiado.

Él parecía darse cuenta también porque algo que podría haber sido diversión cruzó su expresión antes de volver su atención a la bombilla nueva que estaba enroscando en el socket.

El proceso tomó más tiempo del necesario. O al menos eso le pareció a Gabriela, parada ahí con las manos en la escalera y la consciencia aguda de cada centímetro de distancia entre ellos.

Cuando finalmente terminó y bajó, quedó a centímetros de ella. Demasiado cerca para ser casual. No lo suficiente para ser inapropiado.

Gabriela dio un paso atrás porque quedarse ahí, a esa distancia, con ese silencio cargado y la forma en que él la miraba, era peligroso de formas que no quería examinar demasiado de cerca.

—Listo —dijo él en voz baja—. Gracias por la ayuda.

—No fue nada.

—Fue más que nada.

La frase quedó suspendida entre ellos, demasiado grande para referirse solo a sostener una escalera.

Él recogió la escalera plegada y la llevó de vuelta al closet. Cuando regresó, ella todavía estaba parada en el pasillo, intentando que su respiración volviera a la normalidad.

—Gabriela —dijo él desde la puerta de su apartamento.

—¿Sí?

Hizo una pausa, como si estuviera decidiendo qué decir exactamente.

—Tu amiga tiene razón en preocuparse por ti —dijo finalmente—. Eres el tipo de persona que merece que la cuiden. Que alguien se asegure de que estás bien. Es bueno que tengas eso en tu vida.

Antes de que ella pudiera procesar esas palabras o preguntar qué significaban exactamente, él se fue, dejándola sola en el pasillo con el pulso irregular y la sensación desconcertante de que acababa de suceder algo importante.

Algo que cambiaría todo sin que ella supiera todavía cómo.

                                                                                   *****

Gabriela pasó el resto del sábado intentando no pensar en el pasillo. En la escalera. En la forma en que sus manos habían temblado imperceptiblemente mientras sostenía el metal frío. En la distancia de centímetros que había existido entre ellos cuando él bajó.

No funcionó.

A las siete de la tarde, rendida ante la realidad de que no iba a poder concentrarse en nada productivo, se preparó un té y se sentó en el sofá con la carta del Grupo Vidal que había estado evitando leer con atención.

El papel era grueso, de calidad cara. El logo corporativo en relieve dorado en la esquina superior. Todo en la presentación gritaba dinero y poder institucional.

Estimado residente del edificio Parque Riviera:

Nos complace informarle que Inversiones Parque Sur, subsidiaria del Grupo Vidal, ha completado la adquisición de su edificio con el objetivo de mejorar los servicios y la calidad de vida de todos los residentes.

Gabriela frunció el ceño. "Nos complace" era lenguaje corporativo para "esto va a pasar te guste o no".

Como parte de este proceso de transición, los términos del contrato de arrendamiento serán actualizados. Todos los residentes actuales tienen derecho preferente de renovación bajo las siguientes condiciones:

Presentación de documentación adicional (identificación oficial, comprobantes de ingresos de los últimos seis meses, referencias personales)

Firma del nuevo contrato dentro de los próximos 60 días

Ajuste en la renta mensual acorde a las nuevas especificaciones del edificio

El estómago de Gabriela se contrajo. Ajuste en la renta. Por supuesto. Porque comprar un edificio entero no era suficiente, también había que expulsar a los residentes que no pudieran pagar las nuevas tarifas infladas.

Continuó leyendo. El resto era jerga legal estándar, cláusulas de rescisión, procedimientos de apelación que no significaban nada en la práctica. Pero fue el último párrafo el que la detuvo.

Para cualquier consulta relacionada con este proceso, por favor contacte a nuestro representante de enlace residencial, quien estará disponible en las oficinas administrativas del edificio de lunes a sábado.

No había nombre. No había número directo. Solo "representante de enlace residencial", como si fuera un puesto intercambiable sin rostro ni identidad.

Gabriela dejó la carta sobre la mesa. Tomó su teléfono y buscó información sobre el Grupo Vidal.

Lo que encontró fue abrumador.

El Grupo Vidal era uno de los holdings más grandes de Colombia. Propiedades comerciales y residenciales en las principales ciudades. Inversiones en tecnología, infraestructura, energía renovable. Miles de empleados. Ingresos anuales que se medían en cifras que ella no podía procesar sin ayuda de calculadora.

Y en el centro de todo, una historia corporativa que se leía como dinastía familiar. Fundado en los años sesenta por Augusto Vidal. Expandido exponencialmente en los ochenta y noventa. Actualmente dirigido por un consejo ejecutivo cuyas fotos aparecían en revistas de negocios con la regularidad de celebridades.

Pero algo le molestaba. Algo en el tiempo de todo esto.

Miranda tenía razón. El Grupo Vidal había comprado el edificio hace cuatro meses. Matías había aparecido hace tres semanas. Y ahora esta carta exigiendo documentación adicional de todos los residentes.

¿Por qué un holding multimillonario se interesaría en un edificio de clase media en este barrio específico?

No tenía sentido desde ningún ángulo comercial obvio. El edificio era viejo, funcional pero no lujoso. La zona era decente pero no premium. No había razón lógica para que un imperio corporativo invirtiera recursos aquí.

A menos que no fuera sobre el edificio. A menos que fuera sobre algo más. Sobre alguien.

Gabriela sacudió la cabeza. Estaba siendo paranoica. Miranda la estaba contagiando con sus teorías conspirativas.

Pero entonces recordó la forma en que Matías hacía preguntas. La atención que prestaba cuando ella hablaba. El interés genuino en detalles que un conserje normal no necesitaría saber.

Tu amiga tiene razón en preocuparse por ti.

¿Por qué había dicho eso? ¿Por qué un conserje se preocuparía por si tenía o no gente cuidándola?

Tomó su teléfono otra vez y llamó a Miranda—necesito que investigues algo —dijo sin rodeos cuando su amiga contestó.

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