Capítulo 3

Tres días después de la noche de la tubería rota, Bogotá amaneció con ese cielo de algodón sucio que anuncia lluvia para la tarde pero no la suficiente cortesía de adelantar el horario. Gabriela Moreno bajó al lobby a las 8:20 AM con el cabello todavía húmedo de la ducha, el bolso colgado en el hombro, tres carpetas bajo el brazo y la lista mental de todo lo que tenía que hacer antes del mediodía funcionando en segundo plano como un programa que no se cierra nunca.

Lo vio antes de llegar a los buzones.

Estaba sentado en la única silla decente del lobby, esa que en teoría era para esperar visitas y en la práctica nadie usaba porque quedaba justo debajo de la ventana de ventilación que hacía un ruido intermitente insoportable. Tenía las piernas extendidas, la espalda recostada con esa postura de quien está genuinamente cómodo y no de quien está posando para estarlo, y en las manos sostenía un libro. No una revista. No el periódico del edificio doblado en cuartos. Un libro con el lomo marcado por el uso, con tres colores distintos de señaladores sobresaliendo por los bordes como pequeñas banderas.

Gabriela reconoció la portada antes de poder evitarlo. La mente del mercado. Borner y Steele, segunda edición revisada. Uno de los textos de economía conductual más técnicos del año, según la reseña que le habían mandado con el lazo de cumpleaños, y que en ese momento descansaba en su estante con el plástico intacto porque siempre había algo más urgente que leerlo.

Él lo tenía marcado en tres colores.

Azul, amarillo y rojo, una taxonomía personal que implicaba un sistema, una jerarquía, criterios que alguien se había tomado el tiempo de desarrollar. Gabriela calculó en medio segundo que llevaba al menos ciento cincuenta páginas, porque el señalador azul más avanzado asomaba por ese punto, y que había vuelto atrás varias veces, porque los señaladores amarillos aparecían distribuidos de forma no lineal.

Es el conserje del edificio, se dijo. Tiene veintiocho años o treinta, vive en un cuarto del tamaño de tu baño, y está leyendo economía conductual a las ocho de la mañana. Eso no te dice nada. La gente es complicada. Enfócate.

Se enfocó en los buzones.

El buzón del 704 estaba en la segunda fila, tercero desde la izquierda, y requería girar la llave con una ligera presión hacia arriba mientras se tiraba la manija hacia abajo, una mecánica que Gabriela había dominado en siete años y que esta mañana, por razones que prefirió no analizar, ejecutó con los dedos que no le respondían bien. El buzón se abrió de golpe. Las tres carpetas bajo el brazo se inclinaron. El bolso se corrió al mismo tiempo. Y el paquete de cartas que salió del buzón, facturas, publicidad, una carta certificada del banco, salió disparado con esa entusiasta falta de dirección de las cosas que caen en el peor momento posible.

El lobby quedó tapizado de papel.

Hubo un silencio de exactamente dos segundos. Gabriela se quedó con la llave en la mano y la vista clavada en el desastre a sus pies, procesando la geometría del problema y la certeza de que había una persona en esta habitación que lo había visto todo.

Escuchó pasos. Lentos, tranquilos, los pasos de alguien que no tiene prisa porque la situación ya ocurrió y la prisa no va a cambiarla. Matías se agachó y empezó a recoger las cartas con la eficiencia silenciosa de quien está ocupando las manos para no hacer lo que realmente quiere hacer, que era, visiblemente, reírse. La comisura derecha le temblaba. Los ojos miraban los papeles con una concentración exagerada que era en sí misma una forma de contención.

—No digas nada —dijo Gabriela.

—No dije nada.

—Estás a punto.

—No sé de qué hablas. —Le entregó las cartas ordenadas, con la certificada encima—. El buzón lleva tiempo así. Le dije a la administración que hay que cambiar el mecanismo.

Gabriela las tomó. Sus dedos rozaron los de él durante menos de un segundo y ella apartó la mano con una velocidad que fue demasiado evidente para que cualquiera de los dos la ignorara, aunque los dos eligieron hacerlo.

—¿Qué lees? —preguntó, porque era lo más neutral que se le ocurrió.

Él levantó el libro. Ella hizo un gesto que intentaba comunicar reconocimiento casual y no el hecho de que tenía el mismo libro sin abrir tres pisos más arriba.

—Lo conozco —dijo—. Tiene un problema metodológico en el tercer capítulo. Borner usa el experimento de Kahneman como base para su modelo de aversión al riesgo pero ignora que las condiciones del laboratorio original no son replicables en mercados reales.

Matías la miró. No con sorpresa exactamente, sino con ese ajuste de enfoque que ocurre cuando alguien te dice algo que no esperabas y que además es correcto.

—Sí —dijo—. Pero el argumento se sostiene si lees el apéndice C. Él mismo reconoce la limitación y ofrece un modelo alternativo con datos de campo de cinco años.

—No llegué al apéndice C.

—Pocos llegan. Está escondido como si no quisiera que lo encontraran.

Gabriela se quedó mirándolo un momento. Él la miraba de vuelta con esa atención quieta que ya había notado tres noches atrás en el baño estrecho, una atención que no pedía nada sino que simplemente estaba, completa y sin agenda visible. Era desconcertante de una forma que no tenía nada que ver con los abdominales, aunque tampoco tenía nada que ver con no tenerlos en cuenta.

—Tengo cinco minutos antes de que llegue mi Uber —dijo.

—Yo tengo el turno en veinte.

Se sentaron en los dos sillones del lobby. Los cinco minutos se volvieron diez cuando Gabriela contradijo su lectura de la teoría del prospecto y él no cedió pero tampoco la descartó, sino que incorporó su argumento y lo giró hasta encontrar el punto donde las dos interpretaciones se tocaban. Nadie hacía eso. En su experiencia, cuando una mujer contradecía a un hombre en una conversación sobre economía técnica, el hombre hacía una de dos cosas: capitulaba con una condescendencia disfrazada de acuerdo, o se ponía a la defensiva. Matías no hizo ninguna de las dos. Simplemente pensó, y respondió como si la opinión de ella tuviera el mismo peso específico que la suya.

Los diez minutos se volvieron treinta. El Uber llegó y ella lo canceló sin pensarlo demasiado.

—¿Trabajas de lleno en la fundación que me djiste? —preguntó él, en algún punto entre el cuarto de hora y el segundo café que ella fue a buscar a la máquina del lobby con monedas que encontró en el fondo del bolso.

—Fundación Los Robles. Si, lo hago, y realmente creo que si no lo hiciera nadie seria capaz de hacer ese trabajo, o al menos no con el empeño que yo le pongo. Y no creas que es soberbia o que me creo mucho. Es solo que trabajar con niños en situación de vulnerabilidad, principalmente casos de abandono y violencia intrafamiliar, no es fácil —lo dijo con la brevedad de quien ha aprendido a resumir porque la versión larga es demasiado para las conversaciones casuales, pero algo en su voz cambió ligeramente al decirlo, se volvió más densa, más real—. Sin embargo lo más desmotivador además de la ya  muy complicada situación de esos niños, es la burocracia absurda, presupuestos que no alcanzan, y a veces casos que te llevas a la cama aunque sabes que no debes. Pero los niños son... —se detuvo—. Son la única razón por la que el trabajo tiene sentido aunque el sistema sea una pesadilla.

Matías escuchaba con la misma quietud de siempre, pero había algo diferente debajo. No era la atención educada de alguien que espera su turno para hablar. Era atención genuino, el tipo de escucha que deja marca, que retiene detalles. Guardaba cada cosa que ella decía en algún lugar donde no iba a olvidarla, y lo hacía con una naturalidad que resultaba más íntima que si lo hubiera dicho en voz alta.

Ella no sabe cuánto vale lo que hace, pensó él. Y eso lo hace más verdadero todavía.

—¿Cuánto tiempo llevas en la fundación?

—Cinco años. —una pausa—. Seis en enero.

—¿Y antes?

—Derecho. Un año en un estudio privado que me pagaba bien y me vaciaba por dentro. Renuncié un viernes por la tarde sin tener plan B y el lunes siguiente mandé currículum a tres fundaciones. —Lo dijo sin dramatismo, como un dato—. La mejor decisión financieramente irresponsable de mi vida.

Él sonrió. No la sonrisa contenida de las otras veces sino una entera, breve, que le cambió la cara de una forma que Gabriela guardó sin querer guardarlo.

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