Dorian
Mientras terminaba de organizar la maleta, Gregorio me anunció que el coche ya estaba listo, y la avioneta también. Le di la orden de vigilar al viejo—sí, al padre de mi flamante esposa—y mantenerlo distraído. No quería interrupciones. Yo me iba de luna de miel con mi mujer, como lo había planeado.
Entré en la habitación y ahí estaba ella. Molesta, claro. Ya se había quitado el vestido de novia, que ahora yacía roto en el suelo como símbolo de su berrinche infantil. Llevaba puesto un pan