ASTRID
Caminábamos en silencio por el sendero que llevaba al campo de entrenamiento. Elliot iba a mi lado, con las manos en los bolsillos y esa expresión que usaba cuando estaba pensando demasiado. Lo conocía lo suficiente como para saber que algo le daba vueltas en la cabeza. Finalmente, habló.
—Ese collar —dijo, con la mirada puesta en el amuleto que colgaba de mi cuello—. El de las lunas de los Alfas… ¿Ronan te lo dio?
Lo miré, sintiendo cómo una suave oleada de calor me subía por el pecho.