ASTRID
Cruzamos los grandes portones del Reino del Viento, y el pasado se me vino encima como un vendaval helado.
La mansión se alzaba imponente, igual que la recordaba, con esas torres grises que cortaban el cielo y ese aire húmedo que olía a bosque y a memorias enterradas. Pero esta vez, no llegaba como la esposa traicionada, sino como la reina del Reino del Fuego. Y eso lo notaron todos.
Apenas entramos al vestíbulo, las miradas comenzaron a clavarse en mí como cuchillos invisibles. Murmull