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Me quedé quieta, como si mis pies se hubieran fusionado con la tierra. Frente a mí, Lucian se mantenía en silencio, los ojos clavados en el horizonte. Su figura, ahora más adulta y serena, no lograba ocultar la sombra de dolor que lo envolvía.
Di un paso hacia él, el corazón me latía con fuerza. Años lo había buscado, años llorando su ausencia. Cuando estuve lo suficientemente cerca, levanté la mano y acaricié su rostro con suavidad. Su piel era cálida, y esa cercanía me devolvió por un