EUNICE
—Debes ir a verlo —insistió Catrina, cruzada de brazos frente a la chimenea encendida.
—No puedo dejar a las niñas solas —respondí, sin moverme de la alfombra donde dormían mis hijas. Eran todo lo que tenía… y todo lo que podía perder si me equivocaba.
Catrina suspiró y se acercó. Se agachó frente a mí con una pequeña botella de cristal azul entre las manos.
—Tus hijas van a estar bien. Te lo prometo. Solo tienes que ir a verlo. Él está allá afuera, esperándote… como lo ha hecho durante