CAPÍTULO 35

MAGNUS

Lo primero que hice fue lanzar el portavasos contra la pared. El golpe seco fue como una descarga que no alivió nada, pero necesitaba destrozar algo. Mi puño temblaba, y no de miedo. De rabia.

Mis pulmones no daban abasto, jadeaba como un maldito animal acorralado.

—¡Maldita sea! —rugí, y de un solo manotazo barrí todo lo que había sobre el escritorio. Papeles, mapas, el sello real, incluso el reloj antiguo de mi padre. Todo cayó al suelo con un estruendo que vibró en mi pecho como si fu
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