ASTRID
El sonido del polvo cerrando el túnel aún retumbaba en mis oídos como un eco que arrastraba consigo todas mis esperanzas. Me quedé de pie frente a la entrada clausurada, los puños temblando, los ojos fijos en la nada. Mi hijo… mi hijo estaba en este mundo, y la mujer que decía amarlo había sellado el único camino de regreso, como un castigo por atreverme a reclamar lo que siempre fue mío.
Lucian puso suavemente su mano sobre mi hombro.
—Debemos irnos, Astrid —dijo con voz serena—. Es pe