Adara estaba sentada en el escritorio de la habitación que ocupaba en la mansión Drakos. El lugar, a pesar de ser elegante y lujoso, tenía una atmósfera fría, distante, como si los ecos de las luchas pasadas aún flotaran en sus muros. La luz de la mañana entraba tímidamente por la ventana, iluminando solo parcialmente el entorno. Sobre la superficie tenía apiladas varias carpetas y otros varios documentos y papeles, pero Adara no podía concentrarse en ellos. Su mente estaba ocupada con todo lo