El despacho del líder de la mana luna roja estaba impregnado del aroma del incienso y humo de hierbas. Las antorchas en las paredes proyectaban sombras inquietantes que parecían observar a cualquiera que se atreviera a entrar. Con la voz grave y áspera, el alfa tomó el teléfono de línea directa.
—Christian —llamó sin rodeos—. ¿Cómo va el plan?
El aludido, recostado en un sillón de cuero en su apartamento, apretó los dientes. Odiaba esa pregunta, odiaba esa presión constante.
—Como ya le dije, a