La mañana llegó sin anunciarse, apenas un velo más claro sobre las copas del bosque. Elia no había dormido. Había permanecido en cuclillas junto al fuego ya extinto, con la figura de hueso en las manos. No parpadeaba. Solo dejaba que el calor del hueso se filtrara hacia sus dedos, como si pudiera retener con la piel lo que ya no tenía cuerpo. A veces creía oír la respiración de Lena entre los árboles, en la exhalación más leve de la madrugada.
Riven apareció al borde del claro, sin hacer ruido.