El claro aún contenía el eco del último canto. No era un sonido audible, sino un temblor en el aire, en la corteza, en la piel misma. Elia permanecía en el centro, no como figura central, sino como punto de transición. No era el ojo visible de la espiral, sino su latido. Frente a ella, la flor blanca seguía suspendida en su lógica imposible, leve, viva, sin peso. No flotaba por magia: flotaba por pertenencia.
Riven avanzó lentamente, con los brazos colgando, las palmas abiertas. No hablaba, per