El bosque no hablaba. Escuchaba con todo su cuerpo extendido. Aquel amanecer no trajo palabras: trajo un umbral. Una vibración contenida, como si incluso las raíces se detuvieran a oír.
Elia caminaba sin manto, sin ceniza, sin adorno. Como si el cuerpo fuera suficiente. No llevaba signos sobre la piel, pero cada poro parecía escribir. Era cuerpo convertido en altar. Y eso bastaba. Como si el gesto de estar ya implicara todo lo que podía decirse. Cada pisada era medida, no por precaución, sino p