Elia despertó antes del amanecer, con una opresión en el pecho que no provenía de ningún sueño. El aire estaba cargado, como si el bosque retuviera el aliento. Bajó de la hamaca, descalza, y salió sin hacer ruido. El cielo era una sábana azul oscura, suspendida sobre copas inmóviles.
En el claro, encontró a Lena sentada frente al fuego apagado. No estaba dormida, pero sus ojos estaban cerrados. Su respiración era tan suave que apenas levantaba el tejido sobre su pecho. Parecía una estatua de hu