El amanecer no rompió el silencio. Lo afinó. Una bruma espesa cubría el claro, no como obstáculo, sino como velo ceremonial. Elia se despertó antes de que cualquier sonido humano interrumpiera esa quietud. Sentía una presión en el esternón, no dolorosa, pero persistente. Como si algo dentro de su pecho insistiera en girar. Era como si una espiral sellada bajo su esternón pidiera alinearse con otra más antigua, bajo tierra. Una cerradura viva, buscando su eco. No era ansiedad. Era preparación.
R