El aire olía a corteza caliente y viento antiguo. No era una mañana común: el claro respiraba distinto, como si cada partícula de humedad estuviera cargada con una vibración que no venía del bosque, sino desde dentro de la tierra. Elia caminaba descalza, sintiendo cada piedra, cada hilo de musgo, como si fueran palabras que apenas ahora comenzaba a entender. Ya no llevaba manto. No porque lo hubiera olvidado, sino porque el bosque ya no la cubría desde fuera. La envolvía desde dentro. En su esp