CAPÍTULO 52 – El espejo de las almas
La noche había envuelto a la comunidad Rukawe en un silencio denso, interrumpido únicamente por el murmullo rítmico del bosque y el lejano aullido de algún centinela en los límites del territorio. Sin embargo, en la pequeña cabaña de Kerana, el aire no conocía la calma. La electricidad generada en la Cresta del Trueno durante el entrenamiento aún vibraba bajo sus pieles, como una tormenta que se niega a disiparse tras el primer relámpago.
Kerana se encontraba de pie frente a la chimenea, observando cómo las llamas consumían los leños de roble. Todavía vestía la túnica celeste que Arasy le había regalado, ahora ligeramente manchada de tierra y ceniza, un recordatorio físico del enfrentamiento con Tao. Cuando escuchó el golpe suave en la puerta, no necesitó preguntar quién era. Su loba interior, esa presencia blanca que antes la aterraba y que ahora sentía como una parte vital de su ser, se agitó con un reconocimiento instintivo.
Tao entró sin esper