CAPÍTULO 59 – La noche del eslabón roto
Jael, un primo joven de Tao que apenas pasaba de los dieciocho años, montaba guardia cerca de la empalizada. Su lobo estaba inquieto, arañando la superficie de su consciencia, pero el muchacho luchaba por mantenerse firme en su forma humana. De repente, una figura pequeña emergió de la penumbra de las cabañas cercanas.
— ¿Jael? ¿Eres tú? —la voz de Lucy temblaba, pero no de miedo, sino por la adrenalina del engaño.
El joven guardia se tensó, relajando el agarre de su lanza de obsidiana al reconocerla.
— Lucy, ¿qué haces aquí? —susurró Jael, alarmado—. Iker dio órdenes estrictas. Nadie debe salir de sus casas. Tao y Atuel están patrullando los límites exteriores, si te ven...
— No podía quedarme encerrada, Jael. El aire en la cabaña me asfixia —dijo ella, acercándose lo suficiente para que el joven viera sus ojos humedecidos—. Siento que algo malo va a pasar. Tú también lo sientes, ¿verdad?
Jael tragó saliva, mirando hacia la negrura del bosque.