La tarde en el hospital era gris. La lluvia repiqueteaba contra los ventanales del pasillo, y la quietud parecía cubrir cada habitación como un velo. Kira estaba sola en su cuarto, recostada en la cama, con el monitor emitiendo su ritmo irregular pero estable. Sol había bajado a la cafetería con Luka para darle algo de comer y permitirle descansar un poco.
Kira cerró los ojos, acariciando con suavidad su vientre. Cada día el peso del embarazo se sentía más real, más presente. Pero también lo hacía el miedo. El diagnóstico, las amenazas, la sombra de todo lo que pendía sobre ellos.
El sonido de la puerta abriéndose la hizo girar la cabeza. Esperaba ver a Julian, o quizá a Sol de regreso. Pero no fue ninguno de ellos.
Un hombre mayor, elegante, con traje impecable y una mirada fría, entró en la habitación como si le perteneciera. Su porte imponía, pero la sonrisa en su rostro era la de un depredador.
—Así que tú eres Kira Kovalenko…
El corazón de Kira se tensó. Reconocía el apellido. El