La sala de intensivos estaba en silencio. Solo el pitido del monitor y el flujo del oxígeno llenaban el aire. Julian no había soltado la mano de Kira en toda la madrugada. Apenas podía despegar la mirada de su rostro, temiendo que, si parpadeaba, la perdería.
Cuando la puerta se abrió, entró el cardiólogo acompañado por una ginecóloga. Ambos llevaban las carpetas en mano, y la seriedad en sus rostros no pasó desapercibida.
—Señor Blackthorne, señora Blackthorne —saludó el médico con tono grave, mientras se acercaba a la cama—. Tenemos resultados más claros.
Julian se incorporó al instante, los ojos dorados cargados de urgencia.
—Dígame.