Amhed salió de la habitación con el porte firme, pero dentro de él algo se había quebrado y recompuesto al mismo tiempo. No era solo un médico reconocido, ni un conferencista internacional: acababa de mirar a los ojos a un hijo al que la vida le negó la oportunidad de criar. Y ahora había una mujer frágil, embarazada, y un niño enfermo vinculados a él por la sangre.
No podía quedarse quieto. No otra vez.
En un salón privado del hospital, sacó su teléfono y marcó un número internacional. Apenas