Amhed salió de la habitación con el porte firme, pero dentro de él algo se había quebrado y recompuesto al mismo tiempo. No era solo un médico reconocido, ni un conferencista internacional: acababa de mirar a los ojos a un hijo al que la vida le negó la oportunidad de criar. Y ahora había una mujer frágil, embarazada, y un niño enfermo vinculados a él por la sangre.
No podía quedarse quieto. No otra vez.
En un salón privado del hospital, sacó su teléfono y marcó un número internacional. Apenas sonó dos veces, una voz masculina contestó con formalidad.
—Doctor Al Farsi.
—Necesito un equipo en Nueva York. Inmediato. Especialistas en cardiología materna y pediatría oncológica. Quiero que revisen dos casos, completos. Los historiales estarán disponibles en breve. —Su tono era bajo, pero cargado de urgencia—. Confidencialidad absoluta.
Del otro lado, la respuesta fue firme.
—Lo tendrá en 24 horas.
Amhed colgó. Luego, pidió a la administración del hospital que liberara copias certificadas d