La puerta se abrió de golpe. Julian apareció en el umbral con el gesto endurecido, aún con la tensión en el cuerpo después de lidiar con policías, médicos y con la noticia de que Richard se había colado en el hospital.
Sus ojos dorados recorrieron la habitación en un instante. Vio a Kira recostada, con la piel pálida pero serena, y junto a ella, sentado en la silla que hasta hacía poco era suya, estaba William.
El silencio se volvió pesado. William se levantó lentamente, dándole frente a su nieto.
—Julian… —su voz era grave, contenida.
El ceño de Julian se frunció con fuerza, y su mandíbula se tensó.
—¿Qué diablos haces aquí? —su tono era duro, cargado de desconfianza.
Kira intervino con suavidad, intentando apaciguar la tormenta.
—Julian… no fue como con Richard. William vino a…
—¿A qué? —Julian la interrumpió sin apartar los ojos de su abuelo—. ¿A darme otra lección sobre lo que debo ser? ¿A decirme que me equivoqué, como hicieron toda mi vida?
William sostuvo la mirada, y por un se