El pitido del monitor subía con rapidez, reflejando el corazón desbocado de Kira. Su piel estaba pálida, húmeda, y sus manos temblaban mientras buscaba aire. Julian la sostenía contra su pecho, desesperado por estabilizarla.
—¡Enfermera! —rugió hacia el pasillo, sin apartar a Kira de sus brazos.
Vanessa dio un paso atrás, como sorprendida de que su veneno hubiera funcionado con tanta fuerza. Pero la mirada de Julian se levantó hacia ella, y en ese instante no hubo duda: no eran los ojos dorados