Sophie apretó los dedos en la nuca de Cristian, tirando de su pelo corto, y él respondió pegándola más contra la pared, con las manos grandes y cálidas subiendo por su espalda. Sus bocas se movían con prisa, como si tuvieran miedo de que el momento se escapara. Ella mordió su labio inferior, suave pero firme, y él soltó un gemido bajo que vibró contra su lengua.
—Sophie… —susurró él entre besos, sin separarse del todo—. No pares, por favor.
—No pienso parar —respondió ella, con la voz ronca—. Te quiero aquí, ahora. Sin más palabras.
Lo empujó hacia la cama sin soltarlo. Cristian se dejó llevar, tropezando un poco con sus propios pies, pero no rompió el contacto. Cayeron juntos sobre el colchón, él encima, sosteniéndose con los brazos para no aplastarla. Sophie le quitó la camisa con dedos torpes, tirando de los botones que se resistían. Cuando la tela cayó a un lado, ella pasó las palmas abiertas por su pecho, sintiendo el latido acelerado debajo de la piel caliente.
—Estás temblando