Habían pasado dos semanas desde aquella noche de terror en el apartamento. Angélica caminaba, hacia la universidad, sintiendo por primera vez en años que el aire no le quemaba los pulmones. A su sombra, a unos metros de distancia, caminaba Rodrigo, el guardaespaldas que Mateo había contratado para ella. Al principio, a Angélica le daba pena tener a un hombre siguiéndola a todos lados, pero Mateo fue claro: «No es por controlarte, mi amor, es para que puedas dormir tranquila sabiendo que ese cobarde de Frederick no se va a acercar».
Esa misma mañana, Angélica había tomado la decisión más difícil de su vida. Con las manos temblorosas, llevaba su carta de renuncia. No podía seguir siendo la maestra de Mateo. Cada vez que lo veía en el salón, el corazón se le salía del pecho y sentía que le mentía al mundo. No era correcto, no era ético, y sobre todo, sus sentimientos por él eran tan grandes que ya no cabían en un aula de clases.
—Se acabó —dijo ella en voz baja, mirando hacia la imponent