Sabía que era él.
Desde el principio, algo en su mirada me había olido a podredumbre disfrazada de lealtad. Y no es que me gustara dudar de los míos —no después de haber aprendido a mirar a través del humo y de las sonrisas bien entrenadas—, pero el problema con los traidores es que siempre parecen los más convencidos.
Se camuflan entre nosotros con una habilidad asquerosa.
Y este, en particular, me había besado la mano el día que asumí el liderazgo. Me había dicho: "Por ti, iría al infierno".