El infierno tiene puertas, y yo encontré una abierta esta mañana.
Estaba en el estudio de mi padre —ahora mío—, rodeada de sombras largas y papeles que olían a pólvora y traición. La luz que se filtraba por la ventana apenas alcanzaba para leer el último informe, pero no necesitaba ver más. Las palabras hablaban como gritos.
Roberto se estaba moviendo. Otra vez.
Pero esta vez, no se trataba de alianzas en la sombra o de manipular territorios. No. Esta vez iba a arder algo.
Y no solo un barrio o