Salieron del restaurante envueltos en una burbuja que nadie podía tocar. El chofer los esperaba con la puerta del coche abierta, pero William le hizo una seña discreta para que se retirara.
Quería caminar con ella un rato largo, sentir el aire fresco de la noche en la piel de su rostro mientras sus dedos seguían firmemente entrelazados. Nahla no paraba de mirar el hermoso anillo en su mano, girándolo bajo la luz dorada de las farolas de la calle.
—Todavía no me creo que esto esté pasando de ver