NUESTRO ETERNO MILAGRO

La claridad de la mañana bañó la habitación de una forma distinta, más cálida, más real. Nahla abrió los ojos despacio, sintiendo el peso reconfortante del brazo de William rodeando su cintura. Él ya estaba despierto, apoyado en su codo, contemplándola con una serenidad que borraba cualquier rastro de su habitual armadura de hombre implacable. Se miraron en silencio, compartiendo esa felicidad silenciosa y plena que solo da el saberse completamente seguros en los brazos del otro.

—Buenos días,
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