La habitación de Julián estaba sumergida en una penumbra cálida, apenas interrumpida por la suave lámpara de noche. Valentina, sentada al borde de la cama, sostenía un libro de cuentos infantiles. Su voz, dulce y pausada, llenaba el espacio, creando un refugio donde el miedo del accidente parecía haber quedado en el olvido. Julián la escuchaba con los ojos muy abiertos, aferrado a su mano como si temiera que, al soltarla, ella se desvaneciera en el aire.
—Lee otra vez la parte del dragón bueno