CAPÍTULO 4 VEDAD EN PANTALLA GIGANTE

—Buenas noches a todos —dijo Valentina. Su voz recorrió el salón sin temblar—. Gracias por acompañarnos en los treinta y cinco años de mi esposo. Héctor dice que la familia es el pilar de su éxito. Y hoy, quiero mostrarles cuán lejos puede llegar un hombre por defender ese pilar.

Héctor la miró con extrañeza. No era el discurso sumiso que habían pactado. Clarisa, desde una esquina, apretó su copa con fuerza, presintiendo el desastre.

—Mi esposo, es un hombre de sorpresas —continuó Valentina, mirando fijamente a su madre—. Pero yo también he aprendido a dar las mías. Mi regalo no es un reloj, ni un coche de lujo. Mi regalo es la verdad. Porque la verdad es lo único que nos hace libres, ¿no es así, amor?

—Valentina, ¿qué estás haciendo? —le susurró Héctor, acercándose con los dientes apretados—. Siéntate ahora mismo. Estás haciendo el ridículo.

—Oh, no, querido. Recién empiezo —ella le dedicó una sonrisa llena de veneno—. Por favor, apaguen las luces. Quiero que todos vean el video que preparé con tanto esfuerzo.

A unos metros de distancia, oculta tras los cristales de una camioneta oscura, una figura observaba cada movimiento de Valentina. El hombre sacó su teléfono y, con calma, escribió un mensaje que cambiaría el rumbo de todo.

La pantalla gigante descendió del techo. Héctor intentó detener al técnico, pero Leónidas, su propio padre, lo sujetó del brazo con fuerza, obligándolo a mirar.

El video comenzó. Las imágenes eran nítidas. Héctor y Sandra aparecían en la habitación principal, entregados a una pasión frenética. Los jadeos y las risas de ambos llenaron el salón, burlándose del luto que todos creían que guardaban. Mientras la pequeña Luz acababa de ser enterrada, ellos se revolcaban entre las sábanas de seda.

Un murmullo de asco recorrió el salón. Los invitados retrocedieron, horrorizados.

—¿Qué clase de padre hace esto? —susurró una mujer con desprecio—. Su hija murió hace horas y él está ahí, como un animal.

 —Es repugnante —añadió otro hombre—. Se está acostando con su propia hermana. Adoptada o no, se criaron bajo el mismo techo. Es una basura.

Clarisa y Federico, los padres de Valentina, se adelantaron. Pero no para apoyar a su hija, sino para proteger las apariencias.

—¡Apaga eso ahora mismo, Valentina! —gritó Clarisa, fuera de sí—. ¡Eres una desquiciada! Estás montando este teatro porque te mueres de envidia.

—Es verdad —secundó Georgina, la madre de Héctor, con veneno en la voz—. Sandra es hermosa, joven y perfecta. Clarisa siempre ha sabido que Sandra vale más que tú. Esto es solo un ataque de celos porque no soportas ver que ella es la favorita de todos.

Sandra, al verse acorralada, perdió los estribos. Se lanzó hacia Valentina, su único deseo era acabar con ella, reducirla a la nada.

—¡Te voy a matar! ¡Maldita gorda resentida!

Valentina ni siquiera parpadeó. Esquivó el ataque con una elegancia que dejó a Sandra tambaleándose. La miró con una seguridad que no conocían en ella. No había miedo en sus ojos, solo un vacío absoluto.

—Ya no puedes herirme, Sandra —dijo Valentina con voz firme—. Ya no eres nada.

Leónidas, que hasta ese momento había guardado un silencio sepulcral, estalló. Caminó hacia su hijo y, con un rugido de rabia, le propinó un puñetazo que lo mandó directo al suelo.

—¡Eres una vergüenza para el apellido Echeverry! —bramó—. Agradezco que tu abuelo no esté vivo para ver en la escoria que te has convertido. ¡Eres un monstruo!

Luego, se giró hacia Sandra. Sin dudarlo, le cruzó la cara con una bofetada que la dejó sorda.

—Y tú... eres una cualquiera. ¿Cómo pudiste acostarte con tu hermano? Son repugnantes. Los dos me dan ganas de vomitar.

Leónidas intentó acercarse a Valentina, con los ojos llenos de una culpa tardía.

—Hija, espera... déjame arreglar esto. Quédate.

Valentina lo miró por última vez. Dio un vistazo a la mansión que antes llamaba hogar y que ahora se sentía como una tumba.

—No hay nada que arreglar, Leónidas. Esta casa ya no es mi hogar. Es solo una mansión en llamas y yo no pienso quemarme con ustedes.

Valentina caminó hacia la salida con la espalda recta. Los invitados le abrieron paso en un silencio respetuoso, casi solemne. Al cruzar el umbral, el aire fresco de la noche la golpeó. Afuera, un auto la esperaba.

Cristina bajó la ventanilla y le tendió la mano.

 —¿Lista para empezar de nuevo? —preguntó su amiga con una sonrisa cómplice.

Ella subió al coche sin mirar atrás.

—Nunca he estado más lista.

Valentina cerró la puerta del coche y el motor rugió, alejándola de la pesadilla. Sin embargo…empezar de nuevo no le sería tan fácil.

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