CAPÍTULO 2 EL IMPERIO DE LAS MENTIRAS

Valentina abrió los ojos con dificultad. El techo blanco del hospital parecía caerse sobre ella. El pánico no tardó en llegar; fue una descarga eléctrica que le recorrió la espina dorsal. Se incorporó bruscamente, ignorando el dolor punzante en su costado.

—¿¡Luz!? —su voz salió como un hilo roto—. ¡Mi cielo! ¿Dónde está mi hija?

La enfermera qué estaba en el cuarto, revisando que todo estuviera bajo control, trato de sujetarla por los hombros para que no se arrancara la vía del brazo.

—Tranquila, señora, por favor. No puede levantarse así —dijo la mujer con voz suave, intentando transmitir una calma que Valentina no sentía.

—¡Quiero a mi nena! ¡Dígame dónde está Luz! —gritó Valentina. Y las lágrimas empezaron a nublarle la vista. Su mente fue bombardeada; imágenes que empezaron a llegar como flashes, el ataúd, el enfrentamiento, y luego oscuridad—. ¡Tengo que irme de aquí!

—Señora, escúcheme bien —la enfermera le tomó el rostro con suavidad—. Usted sufrió una caída por las escaleras de su casa. Presenta varios golpes, pero nada grave. Debe estar en observación por seguridad. Su cuerpo necesita descansar.

Valentina se quedó helada. ¿Una caída? ¿Eso es lo que Héctor había dicho? El pánico se transformó en una intensa rabia, que le quemaba las entrañas.

—No fue una caída... —susurró Valentina, temblando—. Mi esposo, Héctor... él me empujó. Intentó matarme.

—Está confundida por los analgésicos —respondió la enfermera, ignorando sus palabras—. No se preocupe más. Iré a buscar a su esposo ahora mismo para que la acompañe. Él está muy preocupado afuera.

—¡No! —Valentina la agarró de la muñeca con una fuerza desesperada—. No lo llame. Por lo que más quiera, no deje que se acerque. Él fue quien lo hizo. ¡Él trató de asesinarme!

La enfermera frunció el ceño, claramente incómoda. Pensó que el traumatismo craneal estaba causando delirios en la paciente. Sin decir más, se soltó de Valentina y salió del cuarto. Segundos después, la puerta se abrió de nuevo, pero no era Héctor. Era Clarisa. Su madre entró con pasos elegantes, cerrando la puerta tras de sí con un clic seco que sonó como una sentencia.

—Mamá... —Valentina sollozó, buscando un refugio que nunca había tenido—. Héctor intentó matarme. Me tiró por las escaleras, yo lo vi, él quería...

—Cállate la boca, Valentina —la voz de Clarisa cortó el aire como una cuchilla—. Ni una palabra más sobre esa estupidez.

Valentina se quedó muda. Las lágrimas, que antes eran un torrente de angustia, ahora resbalaban pesadas, cargadas de un cansancio que le doblaba el alma. Frente a ella, Clarisa no era una madre, era un juez de hielo disfrutando de una sentencia. No había rastro de humanidad en sus ojos, solo una frialdad que buscaba terminar de romper lo poco que quedaba de ella.

—¿Por qué me odias tanto? —susurró Valentina, y la pregunta quedó flotando en el aire de la habitación blanca—. Solo dime eso. ¿Qué te hice yo para que me mires como si fuera basura?

Clarisa dio un paso hacia la camilla. No hubo un gesto de piedad. Se inclinó sobre su hija, invadiendo su espacio personal con ese perfume caro que Valentina siempre asociaba con el abandono.

—Me provocas repugnancia, Valentina —soltó Clarisa con una calma que cortaba como un bisturí—. Tu nacimiento fue el peor error de mi vida. Arruinaste mis planes, mi cuerpo y mi libertad. Eres el recordatorio constante de un fracaso que nunca pedí. Tenerte fue una condena, y cada día que pasas respirando en esta casa es un peso que no quiero cargar.

Valentina sintió que el pecho le ardía.

—Entonces, ¿por qué me tuviste? —preguntó con un hilo de voz—. Si tanto asco te doy, ¿por qué no me dejaste ir?

Clarisa abrió la boca para lanzar otra estocada, pero el sonido de la puerta abriéndose de golpe la detuvo. Federico entró primero, con el rostro compuesto en una máscara de falsa angustia, seguido por Héctor y, finalmente, por Leónidas. En un parpadeo, la Clarisa monstruosa desapareció. Se irguió, se llevó una mano al pecho y fingió que estaba consolando a su hija.

—¡Hija, por Dios! —exclamó Federico, acercándose con una preocupación impostada—. Estábamos desesperados por saber de ti.

Héctor se colocó al otro lado de la cama, vigilando a Valentina con ojos de depredador. Intentó tomarle la mano, pero ella la retiró como si el contacto le quemara la piel.

—Tranquila, Valentina —dijo Héctor con voz melosa—. Ya pasó lo peor. Estamos aquí para cuidarte.

—¡Mentira! Eres un… —quiso gritar ella, pero la voz se le quedó trabada en la garganta.

Fue entonces cuando Leónidas se abrió paso. Su sola presencia cambió la todo en la habitación. No fingía. Su dolor era silencioso y real. Apartó a Federico y a Héctor con un movimiento firme, sin pedir permiso, y se sentó al borde de la camilla. Ignorando las miradas de los demás, envolvió a Valentina en un abrazo protector.

—Perdóname, pequeña —le susurró Leónidas al oído, y Valentina sintió que por fin podía respirar—. Perdóname por no estar en el entierro de Luz. El clima en España fue un caos total, los vuelos se cancelaron y no pude llegar antes. Siento tanto haberte fallado cuando más me necesitabas.

Al escuchar el nombre de Luz, Valentina se quebró por completo. Se aferró a la camisa de Leónidas, hundiendo la cara en su hombro. El llanto explotó, un sonido desgarrador que llenó la habitación. De pronto, la rabia pudo más que la tristeza y empezó a golpear el pecho de Leónidas con sus puños débiles, descargando toda la frustración de esos días de soledad.

—¡Me dejaste sola! —sollozaba ella entre golpes—. ¡¿Por qué te fuiste?! ¡Me dejaste con ellos y me están matando! ¡No puedo más, Leónidas!

Leónidas no se movió. Recibió cada golpe con paciencia, manteniéndola pegada a su corazón. Él era el único que, desde que se casaron, la había tratado con una ternura que ella ya no creía posible. El único que no quería sacarle nada, sino simplemente darle un poco de paz.

—Mi vida ha sido un infierno —dijo Valentina, apartándose para mirarlo a los ojos, con el rostro empapado—. Lo único que me mantenía viva era Luz. Ella era mi único refugio. Pero ahora que no está, ya no tengo nada que perder. ¡Ya no me importa nada!

Héctor, al ver la intensidad en los ojos de Valentina, sintió un escalofrío. Sabía que ella estaba a punto de hablar, de soltar la verdad sobre los maltratos y las amenazas. Dio un paso adelante para intervenir, pero Leónidas se puso de pie, interponiéndose como un muro de acero.

—Fuera —ordenó Leónidas. Su voz no fue un grito, fue una orden que no admitía réplica.

—Pero Leónidas —intentó decir Federico—, su madre y yo queremos...

—He dicho que se salgan —repitió Leónidas, clavando sus ojos en los de Federico y luego en los de Héctor—. Todos. Necesito estar a solas con ella. Ahora mismo.

Nadie se atrevió a chistar. La autoridad de Leónidas era absoluta y, aunque la rabia los consumía, el miedo era mayor. Uno a uno, Clarisa, Federico y Héctor salieron de la habitación con la cabeza baja, como perros regañados.

Al cerrarse la puerta, el ambiente en el pasillo se volvió tóxico. Clarisa caminaba de un lado a otro, apretando los puños. Héctor se apoyó contra la pared, con la mandíbula tensa, mientras Federico se limpiaba el sudor de la frente.

—Si esa niña abre la boca, estamos muertos —susurró Clarisa, con la voz temblorosa por el pánico—. Leónidas nos va a destruir si se entera de lo que hemos hecho.

—Cállate —espetó Héctor, mirando de reojo la puerta cerrada—. Solo nos queda esperar que el miedo que le hemos infundido sea más fuerte que su dolor. Si Valentina habla, nuestro mundo se derrumba hoy mismo.

La ansiedad los carcomía por dentro. Sabían que habían tensado demasiado la cuerda y que Valentina, la que siempre callaba, ya no tenía miedo de romperse. Todo su imperio, construido sobre mentiras y desprecios, estaba a un solo grito de derrumbarse por completo.

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