La sala de juntas de Di Santi Inmuebles S.A. estaba cargada de un silencio pesado cuando Ángelo entró en su silla eléctrica, escoltado por Marco. Las persianas estaban cerradas, dejando solo la luz fría de los focos empotrados que iluminaban la mesa de caoba larga y las caras tensas de los socios y directivos. Todos se pusieron de pie al verlo entrar, un gesto automático de respeto que nadie se atrevió a romper. Ángelo tomó la cabecera sin decir una palabra, activó el freno de la silla y miró a