En la soledad de su habitación en la mansión Di Santi, Cassandra se observaba en el espejo de cuerpo entero, todavía envuelta en la seda roja que ahora le parecía una piel de serpiente que se adhería demasiado a su cuerpo. El maquillaje estaba corrido por las lágrimas que había derramado en silencio durante el trayecto de regreso, pero sus ojos reflejaban una chispa nueva: no de miedo, sino de algo más peligroso, algo que ardía como brasas bajo la ceniza.
Se pasó los dedos por los labios, sinti