En el corazón de Chinatown, la mesa del Consejo parecía un matadero. Li Shen, con el rostro deshecho por los golpes de la carretera, gritaba órdenes que ya nadie quería obedecer. El dinero se había esfumado, las rutas estaban bloqueadas por cadáveres y el miedo era un sudor frío en la nuca de todos.
—¡Escúchenme! ¡Yo sigo siendo el soberano! —rugió Shen, golpeando la mesa con un puño tembloroso.
Takeo Yamashita, el líder del clan japonés más sanguinario de la costa, se levantó con un movimiento