Mientras tanto, una camioneta blindada de vidrios opacos se alejaba del hospital por las rutas menos transitadas. En el interior, el silencio era denso, casi sólido. Ángelo, sentado en el asiento trasero con una pistola Magnum descansando sobre su regazo, observaba a Cassandra. Ella, aún con el uniforme de enfermera pero con una mirada que destilaba el veneno de una reina, le sostenía la mano con una fuerza febril.
—¿Estás lista, mi rebelde? —preguntó Ángelo, su voz era un trueno contenido—. Lo