Mundo ficciónIniciar sesión"O aceptas, o tu hermana muere en seis meses." Valentina Solís tiene treinta años, doscientos mil pesos de deuda y una hermana muriendo de insuficiencia renal. Cuando una misteriosa oferta llega a su teléfono —noventa días trabajando para el CEO más peligroso de México a cambio de un millón de pesos— sabe que debería huir. Pero los desesperados no tienen ese lujo. Diego Valentín Cortés es legendario por dos cosas: construir el imperio hotelero más grande de Latinoamérica... y destruir a cualquiera que se le acerque. Despiadado. Temperamental. Atormentado por la muerte de su padre y el abandono de su prometida. Necesita parecer estable para cerrar el contrato de mil quinientos millones de dólares que salvará su empresa. La solución: una prometida falsa. Noventa días de actuación perfecta. El problema: la letra pequeña. Si Valentina cumple los noventa días sin enamorarse, gana el millón. Si falla, si renuncia, o si Diego pierde el contrato por su culpa... se casa con él. Dos años. Sin divorcio. Sin escape. Lo que no sabía: Diego tiene secretos que destruyen. Cámaras ocultas. Un pasado perturbador. Una ex prometida que regresa del infierno. Y un enemigo dispuesto a exponer cada mentira que han construido. Entre juntas de negocios que terminan en gritos, besos desesperados que rompen todas las reglas, y un triángulo amoroso con el mejor amigo de Diego, Valentina descubre algo aterrador: Ya no sabe si está actuando. Porque cuando juegas con fuego, no solo te quemas. Te consumes completamente.
Leer másMarzo llegó con todo al mismo tiempo, como siempre llegan las cosas que importan.El doce de marzo amanecieron en San Miguel de Allende con la luz particular que esa ciudad guardaba para las mañanas despejadas: una claridad casi mineral que entraba por las ventanas de la casa colonial como si supiera que tenía permiso. Valentina llevaba treinta y siete semanas y el doctor Espinoza había sido específico sobre las condiciones del viaje: nada de más de tres horas en el carro, nada de estar de pie más de veinte minutos seguidos, nada de olvidarse de que su cuerpo llevaba una obra adentro aunque la cabeza siguiera queriendo coordinar como si no.
Las madres difíciles no llegan con manual de instrucciones; llegan con historia que las hizo así y que no siempre tienen palabras para explicar.Carmen Solís llegó un miércoles por la tarde en el autobús de las cuatro desde la Ciudad de México, con una maleta mediana que Valentina reconoció de inmediato porque era la misma que habían usado en el único viaje familiar que recordaba con algo parecido a la calidez: Acapulco, verano de 2001, cuando Lucía tenía siete años y todavía creía que el mar era infinito. La maleta era de tela verde con ruedas que chirriaban en el adoquín, y Carmen la jalaba con la misma eficiencia con la que hacía todo: sin quejarse, sin pedir ayuda, sin admitir que las ruedas estaban mal.Valentina la esperaba en la entrada de la posada. El tercer trimestre le había vuelto el cuerpo un territorio extraño, lleno de cent
Las heridas que no se nombran no sanan; solo se vuelven parte de la arquitectura de quién eres.Diego lo había comprendido de la manera más brutal posible: durante dos años cargó el peso del accidente de su padre sin nombrarlo, y ese silencio no lo protegió de nada. Lo convirtió en ruinas habitables. Así que cuando Dolores le pasó la información sobre el padre de Valentina —una hoja doblada en tres partes, entregada sin ceremonia en el pasillo del hotel de Oaxaca, como si fuera un recibo de compra— Diego la guardó en el bolsillo de la camisa y esperó.Esperó tres semanas.No porque no supiera cómo decírselo. Sino porque conocía lo suficiente a Valentina para entender que hay noticias que necesitan el momento correcto, no el momento conveniente.El momento llegó una noche de martes, cuando los dos estaban en la terraza de la ca
Construir casa propia cuando vienes de vivir en hoteles y contratos es el acto más radical de permanencia.Valentina lo pensó la primera mañana que entró a la casa de Oaxaca con las llaves en la mano y el olor a pintura reciente mezclándose con algo más antiguo, más persistente: el olor de los muros de adobe que habían absorbido décadas de lluvia y sol y vidas de otras personas. La casa era pequeña en comparación con el penthouse de Santa Fe o los hoteles que Diego administraba, pero tenía algo que ninguno de esos lugares tenía: era de ellos. Solo de ellos. Sin historia prestada, sin herencia de otros que pesara en las habitaciones.El árbol de jacaranda en el jardín era lo primero que habías visto desde la calle, antes incluso de la fachada colonial con su cantera verde y sus ventanas de madera pintada. El árbol tenía décadas, probableme
Último capítulo