Mundo ficciónIniciar sesión"O aceptas, o tu hermana muere en seis meses." Valentina Solís tiene treinta años, doscientos mil pesos de deuda y una hermana muriendo de insuficiencia renal. Cuando una misteriosa oferta llega a su teléfono —noventa días trabajando para el CEO más peligroso de México a cambio de un millón de pesos— sabe que debería huir. Pero los desesperados no tienen ese lujo. Diego Valentín Cortés es legendario por dos cosas: construir el imperio hotelero más grande de Latinoamérica... y destruir a cualquiera que se le acerque. Despiadado. Temperamental. Atormentado por la muerte de su padre y el abandono de su prometida. Necesita parecer estable para cerrar el contrato de mil quinientos millones de dólares que salvará su empresa. La solución: una prometida falsa. Noventa días de actuación perfecta. El problema: la letra pequeña. Si Valentina cumple los noventa días sin enamorarse, gana el millón. Si falla, si renuncia, o si Diego pierde el contrato por su culpa... se casa con él. Dos años. Sin divorcio. Sin escape. Lo que no sabía: Diego tiene secretos que destruyen. Cámaras ocultas. Un pasado perturbador. Una ex prometida que regresa del infierno. Y un enemigo dispuesto a exponer cada mentira que han construido. Entre juntas de negocios que terminan en gritos, besos desesperados que rompen todas las reglas, y un triángulo amoroso con el mejor amigo de Diego, Valentina descubre algo aterrador: Ya no sabe si está actuando. Porque cuando juegas con fuego, no solo te quemas. Te consumes completamente.
Leer más—O aceptas, o tu hermana muere en seis meses.
Las palabras del doctor Ramírez colgaron en el aire acondicionado de la consulta como sentencia de muerte. Valentina Solís apretó los dedos contra el reposabrazos de la silla de cuero, sintiendo cómo sus uñas se clavaban en la superficie hasta casi atravesarla.
—¿Seis meses? —Su voz sonó hueca, ajena. Como si perteneciera a otra persona—. Hace tres semanas dijeron que era controlable con diálisis.
El doctor, un hombre de sesenta años con lentes sin armazón y expresión perpetuamente cansada, entrelazó sus dedos sobre el escritorio. Detrás de él, el ventanal ofrecía una vista panorámica de Polanco: edificios de cristal reflejando el sol despiadado de la Ciudad de México, gente caminando hacia sus vidas perfectas, ajenos al infierno que se desenvolvía en ese consultorio del séptimo piso.
—La insuficiencia renal de su hermana progresó más rápido de lo anticipado. —Empujó los análisis a través del escritorio. Números, gráficas, palabras técnicas que Valentina no comprendía pero cuyo significado era cristalino—. Necesita trasplante. No diálisis. Trasplante inmediato.
—¿Cuánto cuesta?
—Aquí en México, entre ochocientos mil y un millón de pesos. Eso sin contar medicamentos anti-rechazo, rehabilitación, seguimiento...
Valentina cerró los ojos. Ochocientos mil pesos. Podría ser un millón de dólares por lo inalcanzable que resultaba. Su cuenta bancaria tenía exactamente treinta centavos. Su último cheque como psicoterapeuta independiente había rebotado cuando su única cliente corporativa canceló el contrato. Las deudas la perseguían como perros salvajes: el préstamo del coyote que cruzó a su padre de regreso a México, la renta atrasada de su departamento en la Condesa, las tarjetas de crédito con intereses que crecían como tumores.
—Doctor, yo... no tengo ese dinero.
—Lo sé. Por eso sugerí que Lucía entrara a la lista de espera del seguro popular, pero... —Su silencio dijo más que cualquier palabra.
—Pero la lista tarda años. —Valentina abrió los ojos, sintiendo cómo la desesperación le trepaba por la garganta como hiedra venenosa—. Y ella tiene seis meses.
—Menos si no comenzamos tratamiento agresivo esta semana.
Salió del consultorio en piloto automático. El elevador bajó siete pisos mientras ella miraba su reflejo en las puertas de acero pulido: treinta años, ojeras pronunciadas, blusa blanca arrugada, jeans desgastados. Cuando había entrado a la carrera de psicología, soñaba con cambiar vidas. Ahora no podía ni salvar a su propia hermana.
El sol de octubre la golpeó como bofetada al salir del edificio. Las calles de Polanco bullían con Mercedes, Audis y mujeres de tacones Louboutin cargando bolsas de Chanel. Otro universo. Valentina caminó hacia la parada del metrobús, sacando su celular para llamar a Lucía y decirle... ¿qué? ¿Que se despidiera? ¿Que escribiera su testamento a los veinticinco años?
Su teléfono vibró antes de que pudiera marcar.
Número desconocido.
Normalmente lo hubiera ignorado —probablemente cobradores— pero algo hizo que contestara.
—¿Valentina Solís?
La voz era femenina, madura, con ese acento chilango educado de quien creció en San Ángel o Coyoacán.
—¿Quién habla?
—Alguien que puede resolver tu problema. Tengo una propuesta. Hotel St. Regis, Suite Presidencial, ocho de la noche. No llegues tarde.
—¿Cómo consiguió mi...?
La llamada cortó.
Valentina miró el teléfono como si fuera artefacto alienígena. ¿Cómo sabía esa mujer sobre su "problema"? ¿La estaban vigilando? México era peligroso, sí, pero esto...
Su teléfono volvió a vibrar. Esta vez, una notificación bancaria.
TRANSFERENCIA RECIBIDA: $50,000.00 MXN
Concepto: Adelanto de buena fe. Ven esta noche o devuélvelo. Tu elección. —D.V.
El aire abandonó sus pulmones.
Cincuenta mil pesos. Acababan de depositar cincuenta mil pesos en su cuenta. Su saldo pasó de treinta centavos a una cifra que no había visto en años.
¿D.V.?
No conocía a nadie con esas iniciales. Esto tenía que ser error. O e****a. O algo peor.
Pero cuando checó su cuenta tres veces y el dinero seguía ahí, real y tangible, supo que esa noche a las ocho estaría tocando la puerta de la Suite Presidencial del St. Regis.
Por Lucía, se dijo. Por mi hermana, haría cualquier cosa.
Incluso venderle su alma al diablo.
El Hotel St. Regis se alzaba en la Avenida Paseo de la Reforma como monumento a la opulencia. Valentina nunca había entrado. Gente como ella no entraba a hoteles de mil dólares la noche. Se detuvo frente a las puertas giratorias de cristal, mirando su reflejo: había intentado arreglarse con lo poco que tenía —vestido negro de H&M, tacones prestados de Lucía, cabello suelto—, pero seguía viéndose como lo que era.
Una mujer desesperada.
—¿Entra o se queda admirando la fachada?
Valentina giró. Un hombre joven con uniforme de botones la miraba con mezcla de diversión y lástima.
—Entro —murmuró, cruzando las puertas antes de que el valor la abandonara.
El lobby la tragó con su mármol italiano, candelabros de cristal Swarovski y aroma a dinero. Caminó hacia los elevadores intentando parecer que pertenecía ahí, que no era impostora.
—¿Piso? —preguntó el ascensorista.
—Penthouse. Suite Presidencial.
El hombre no parpadeó, solo presionó el botón. Cuando las puertas se abrieron directo en la suite —porque por supuesto que la Suite Presidencial tenía elevador privado—, Valentina tuvo que recordarse respirar.
La suite era del tamaño de su edificio completo en la Condesa. Pisos de mármol negro, ventanales del piso al techo con vista al Ángel de la Independencia iluminado, muebles que probablemente costaban más que su educación universitaria. Y en el centro de todo, junto a una botella de champagne abierta que Valentina reconoció como Cristal —había visto una en una boda elegante una vez—, estaba ella.
La mujer tenía cincuenta y tantos, pero el tipo de cincuenta que solo el dinero compra: piel perfecta, cabello rubio platino recogido en chongo impecable, traje Chanel color crema, perlas auténticas. Sus ojos —café oscuro, calculadores— la estudiaron como entomólogo estudiando insecto.
—Valentina Solís. —No era pregunta—. Llegas puntual. Eso me gusta.
—¿Quién es usted?
—Dolores Vilchis. Directora de Recursos Humanos de Grupo Empresarial Cortés. —Se sirvió champagne sin ofrecerle—. Siéntate. Esto tomará un rato.
Valentina obedeció, perchándose al borde del sofá de cuero como pájaro listo para huir.
—¿Cómo sabe de mi hermana?
—Sé muchas cosas. —Dolores bebió su champagne con movimiento elegante—. Valentina Solís, treinta años. Psicoterapeuta especializada en trauma y TEPT. Graduada con mención honorífica de la UNAM. Soltera. Sin hijos. Ciento noventa y ocho mil pesos de deuda. Hermana menor Lucía, veinticinco años, estudiante de medicina con insuficiencia renal terminal.
Cada palabra fue cachetada.
—Eso es... invasión de privacidad.
—Eso es investigación. Cuando necesitas a la mejor, investigas. —Dejó su copa—. Y tú eres la mejor para lo que necesito.
—No entiendo qué puede necesitar de mí.
Dolores sonrió. Fue sonrisa de tiburón oliendo sangre.
—¿Has oído de Diego Valentín Cortés?
El nombre detonó algo en la memoria de Valentina. Diego Cortés. Todos en México conocían ese nombre. Heredero del imperio hotelero más grande de Latinoamérica. Treinta y cuatro años. Multimillonario. Soltero. Y según las revistas de chismes que Lucía leía religiosamente, el hombre más insoportable del país.
"El Tiburón de Monterrey", lo llamaban. Despiadado. Implacable. Famoso por devorar competencia y escupir los huesos.
—Es mi jefe —continuó Dolores—. Y está a punto de perder todo.
Sacó una tablet y la deslizó sobre la mesa de centro. Valentina vio titulares:
"DIEGO CORTÉS AGREDE A REPORTERO EN RESTAURANTE DE SANTA FE"
"EL CEO MÁS ODIADO DE MÉXICO: EMPLEADOS DENUNCIAN AMBIENTE LABORAL TÓXICO"
"CORTÉS HOTELS PIERDE $500 MILLONES DE DÓLARES TRAS ESCÁNDALO DE SU DIRECTOR GENERAL"
—Su padre murió hace dos años dejándolo como CEO. —Dolores recuperó la tablet—. Diego era brillante cuando su padre vivía. Ahora es... inmanejable. Ha despedido a ciento diez empleados en seis meses. Grita en juntas. Destruyó con sus propias manos la oficina de un competidor. Y hace tres semanas, le arrojó vino tinto en la cara a una inversionista alemana que sugirió que "suavizara su imagen".
—¿Y yo qué tengo que ver con eso?
—Necesita una niñera corporativa. —Dolores se inclinó hacia adelante—. Alguien que lo siga veinticuatro horas, siete días a la semana. Que lo detenga antes de explotar. Que lo civilice antes de que pierda el contrato más importante de su vida: un resort de mil quinientos millones de dólares en Los Cabos.
Valentina parpadeó.
—Eso suena como trabajo para psiquiatra, no para mí.
—Los psiquiatras intentaron. Diego los sacó a patadas. Literalmente. —Dolores sonrió con frialdad—. Pero tú tienes algo especial. Leí tu tesis doctoral: "Reconstruyendo la humanidad tras el trauma: aproximaciones terapéuticas para veteranos con TEPT". Poético. Efectivo. Exactamente lo que Diego necesita.
—Diego Cortés no tiene TEPT. Es solo un ricachón mimado que nunca escuchó la palabra "no".
—Estaba en el auto cuando su padre se estrelló. —Las palabras cayeron como bombas—. Lo vio morir. Desangrarse durante cuarenta minutos mientras esperaban la ambulancia que nunca llegó a tiempo. Desde entonces, es otra persona.
Silencio.
Valentina sintió el cambio en el aire. Esto ya no era chisme de revista. Era tragedia real.
—La propuesta es simple. —Dolores sacó folder grueso del portafolio Louis Vuitton—. Noventa días. Te mudas a su penthouse en Santa Fe. Lo acompañas a todas partes. Reuniones, comidas, eventos. Lo mantienes funcional hasta que cierre el contrato de Los Cabos el primero de enero.
—¿Y mi pago?
—Un millón de pesos.
El mundo se detuvo.
Un millón de pesos. La operación de Lucía. Sus deudas. Un nuevo comienzo. Libertad.
—Si cumples los noventa días y Diego firma el contrato, obviamente —añadió Dolores con sonrisa serpentina.
—¿Y si fallo?
La sonrisa de Dolores se ensanchó.
—Si fallas, si renuncias antes de los noventa días, o si Diego pierde el contrato por tu culpa... te casas con él.
—¿QUÉ?
—Matrimonio civil. Dos años mínimo. Sin divorcio. —Empujó el contrato hacia ella—. Diego necesita estabilidad pública. Una esposa joven, profesional, guapa. Los alemanes invierten en "valores familiares". Un CEO casado vende mejor que un soltero errático.
—Esto es demente.
—Esto es negocios. —Dolores extendió pluma Mont Blanc—. Un millón de pesos o dos años de tu vida. Tienes hasta medianoche para decidir. Después, la oferta caduca.
Valentina miró el contrato. Cuarenta y tres páginas de letra pequeña. Cláusulas, subcláusulas, términos legales que necesitaría semana para descifrar.
Pensó en Lucía. En el consultorio. En "seis meses".
—¿Puedo leerlo primero?
—Por supuesto. Tienes tres horas. —Dolores checó su Rolex—. Son las ocho y cuarto. A las once y quince, esta suite deja de ser mía.
Valentina tomó el contrato con manos temblorosas y comenzó a leer. Página tras página de jerga legal. Confidencialidad. No competencia. Penalizaciones por incumplimiento. Sus ojos ardían del cansancio, del estrés, de la desesperación.
A las once en punto, había llegado a la página cuarenta y dos de cuarenta y tres.
—Tiempo —anunció Dolores.
—Espera, falta una página...
—Firma o vete. No hay extensiones.
Valentina miró la última página sin leer. Cláusula 13, decía el encabezado.
Pero pensó en Lucía conectada a máquina de diálisis. Pensó en funeral que no podía pagar. Pensó en vivir con culpa de no haberlo intentado todo.
Firmó.
La pluma rasgó el papel con sonido definitivo.
Dolores sonrió, guardando el contrato en su portafolio.
—Bienvenida al infierno, Valentina. Espero que sobrevivas.
Cuando Valentina salió del St. Regis a las once y media de la noche, con copia del contrato en su bolsa y transferencia de cincuenta mil pesos confirmada, no sabía si acababa de salvarse o de condenarse.
Solo sabía una cosa con certeza absoluta:
Acababa de firmar un pacto con el diablo.
Y ni siquiera había leído la letra pequeña.
Hay decisiones que te persiguen el resto de tu vida, y Valentina Solís estaba a punto de tomar una que la perseguiría más allá de la muerte.El tren se había detenido en medio de la estepa kazaja, una extensión infinita de tierra pálida que se extendía hasta el horizonte como el océano congelado de un planeta muerto. Las 5:47 de la mañana trajeron consigo una luz grisácea que no ofrecía consuelo, solo la claridad suficiente para ver el alcance completo de la catástrofe que se desarrollaba en dos compartimentos separados.Valentina estaba paralizada en el pasillo estrecho del vagón, el suelo vibrando levemente bajo sus pies por el motor diesel que seguía funcionando. A su izquierda, a través de la puerta entreabierta del compartimento tres, podía ver a Hermann convulsionando en los brazos de Sophie Chen. El cuerpo pequeño de su hijo se sacud&iacu
El video de Dimitri Volkov Sr. se reproducía en loop en la mente de Diego como confesión grabada en su ADN.La pantalla del teléfono satelital emitía un resplandor azulado en el compartimento oscuro del tren, iluminando el rostro de Diego con la palidez enfermiza de alguien que acababa de ver el cadáver de su propia identidad. Los auriculares bloqueaban el traqueteo metálico de las ruedas contra los rieles, creando una burbuja de silencio donde solo existían dos voces: la suya, respirando entrecortadamente, y la del fantasma que había destruido todo lo que alguna vez creyó saber sobre sí mismo.Dimitri Volkov Sr. aparecía en la pantalla demacrado, consumido por algo más profundo que el cáncer que eventualmente lo mató. El cigarro ruso entre sus dedos amarillentos dejaba escapar volutas de humo que se enroscaban como serpientes hacia el techo de lo que parecía ser un
Elena Kozlov, la mujer que había jurado destruir a su familia, acababa de salvarles la vida... y eso, de alguna manera, era aún más aterrador.El conductor del tren yacía en el suelo del pasillo estrecho, la sangre formando un charco oscuro que se extendía lentamente hacia las botas de combate de Elena. Ella guardó el arma en la funda bajo su chaqueta con movimientos calculados, las manos levantándose después en un gesto universal de paz que no alcanzaba sus ojos grises. Esos ojos que Valentina había visto por última vez en Siberia, llenos de una furia asesina que prometía venganza eterna.Ahora solo contenían una frialdad profesional que era, de alguna manera, más perturbadora.Diego mantenía su Glock apuntada directamente al centro de la frente de Elena, el dedo sobre el gatillo con la presión exacta de alguien que había matado antes y no dudar&iacut
Seis horas para cruzar una ciudad de 13 millones de habitantes, custodiada por 40,000 agentes del FSB que acababan de recibir orden de disparar a discreción.Valentina Solís había sobrevivido a muchas cosas imposibles en los últimos cinco años, pero mientras observaba al Capitán Webb desplegar un mapa táctico de Moscú sobre la mesa de operaciones de la embajada estadounidense, comprendió que esta podría ser la última vez que calculaba probabilidades de supervivencia.—Dos vehículos blindados —dijo Webb, señalando rutas con un marcador rojo—. Ocho Marines de escolta. Pasaportes diplomáticos que probablemente no resistan un segundo interrogatorio. Y exactamente doce minutos antes de que el FSB descubra que Dimitri Volkov Jr. no está en el hospital militar donde supuestamente lo trasladaron.El reloj digital en la pared marcaba las 5:47 AM. Afu
El detonador en la mano de Sophie Chen estaba vacío: no había explosivo, solo el bluff más audaz que Valentina había presenciado.El dedo de Sophie presionó el botón rojo con la determinación de alguien que había calculado cada consecuencia posible. El clic mecánico resonó en el pasillo subterráneo como el disparo de una pistola en una catedral vacía. Todos los músculos del cuerpo de Valentina se tensaron, preparándose para la onda expansiva que convertiría sus huesos en polvo.Un segundo.Dos segundos.Nada.El silencio que siguió fue más ensordecedor que cualquier explosión. Valentina sintió que su cerebro se reiniciaba como una computadora después de un apagón, procesando lentamente la imposibilidad de estar viva, de seguir respirando el aire viciado de cordita y miedo.Dimitri Volkov Jr. fue e
Valentina Solís había enfrentado la muerte cuarenta y siete veces en cinco años, pero ninguna se sintió tan definitiva como el cañón de una Glock apuntando entre sus ojos.El pasillo subterráneo de la embajada estadounidense en Moscú olía a cordita quemada y sangre fresca, una combinación que su cerebro había aprendido a asociar con supervivencia extrema. Las luces de emergencia parpadeaban en intervalos irregulares, convirtiendo el rostro de Dimitri Volkov Jr. en una máscara de sombras danzantes que recordaba demasiado a su padre muerto.—Señora Cortés. —La voz del coronel era suave, casi cortés, como si estuvieran discutiendo el clima en lugar de su ejecución inminente—. Finalmente a solas.Valentina mantuvo la espalda contra la pared de concreto frío, las manos visibles a los lados de su cuerpo, los dedos extendidos en se&nt
Último capítulo