Capítulo 108. El contador.

La lluvia había convertido el pavimento del Centro Histórico en un espejo negro y resbaladizo, reflejando las luces de neón de las cantinas baratas y los faros de los autos que se arrastraban en el tráfico.

La camioneta blindada se detuvo frente a un edificio antiguo de fachada colonial, descascarada por el tiempo y el olvido. No había letreros, solo una puerta de madera vieja y grafitis en las paredes de piedra volcánica.

—Tercer piso —indicó Yuri desde el asiento del copiloto, revisando la pantalla de su tableta—. La luz de la oficina 304 está encendida. No hay guardias visibles en la entrada, solo un velador que mis hombres ya... neutralizaron.

Bruno asintió. Se ajustó el saco, sintiendo cómo el chaleco antibalas le apretaba el tórax como una segunda piel de hierro. Cada respiración profunda era un recordatorio agudo de que no debería estar ahí. Pero el odio es un analgésico poderoso, tal vez más que la morfina.

—Vamos —ordenó Bruno.

Bajaron del vehículo. La lluvia fría le golpeó
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